Angie Vázquez
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Pandemia: miedos reales e imaginarios

El pueblo, acechado por ataques de microscópicos enemigos, tuvo que transformarse en pocos días en una maquinaria robótica de limpieza obsesiva que va como aspiradora chupando detectivescamente los desechos maltrechos desde María y otros males y desastres por todos los rincones de la casa. 

No hay peor enemigo que el que no se puede ver, aunque el peor es el que no se quiere ver. 

Hoy es un maldito virus invisible con un nombre tan monárquico y clasista que tiene a mi gente temiendo finales apocalípticos. Para el colmo de parecerse más a los dictadores, dicen los científicos que no tiene vida propia, pero ¡te quita la tuya! 

El pueblo tiene miedo de los micro monstruos que se comen los pulmones, de morir sin ayuda ni apoyo, como los muertos de tantas guerras cuyas almas dicen que rondan todavía los espacios mortales, buscando quien los recuerde o de sepultura. Temen que nos quiten lo poco que tenemos porque hemos sido asaltados demasiadas veces en tiempos recientes.

¿Por qué tiene miedo mi pueblo? En la presente emergencia sanitaria temen al contagio real, pero también al imaginario. Como el cuento del cuco que nos coge en la esquina, este virus puede atacar dondequiera y a cualquiera. Esa amenaza ¡es real! Se trasmite por gotas de la boca y la nariz de un portador. 

Pero en el imaginario se amontonan mitos, manías e ideas irracionales adicionales. Afloran las culpas (“debí cuidarme mejor”) y las hipocondrías (“siento dolores extraños, ¿será que tengo el virus?”). Se encienden las pasiones inmaduras (“yo no me protejo ná’, soy más fuerte que eso”) y las negaciones infantiles (“me voy en desobediencia civil a sacar el carro y dar vueltas que a mí nadie me arresta”). 

Pero de todos los miedos y pánicos el peor es el que se siente (escondidito por allá por la esquina oscura del inconsciente) sin poder identificar la causa ni el enemigo. Es peor porque se disfraza de tu amiga o hermana y dice que vino a tu vida ordenada por fuerzas superiores. Ese que dice ayudarte y se toma la foto contigo para que nunca lo olvides, sobre todo, cuando te robe tus pensiones o derechos. Ese que dice trabajar por ti, pero luego te echa la culpa de todos los errores y horrores. Ese es el virus que llegó antes que el corona. Es el que te come la vida con una pueril sonrisa de “yo no soy”, “yo no fui”, “yo no sé nada”, “y vamos pa’lante que con eso bregaremos luego”. 

Deberíamos saberlo. De esos hemos tenido muchos y tres o cuatro todavía se pasean por La Fortaleza. 

Dice el poeta Mario Benedetti: “Cuando te dan palos a ciegas, contesta con palos de vidente”. 

Muy bien. La vacuna se pondrá en noviembre. 




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