Rafael Torrech San Inocencio
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Pensar en soberano

Hay gente que no entiende. Otros entienden, pero callan. Los peores son los que, entendiendo, tergiversan. La soberanía no es independencia. Es otra cosa, es algo más. Como bien dice el amigo “Chaco” Vargas Vidot, es un estado mental. Y como tal, trasciende partidos, tribus y caciques. Porque en realidad, la soberanía es el rechazo a la dependencia.

Pensar en soberano no es fácil. Más de cinco siglos de subordinación han atornillado sus raíces en el consciente y el subconsciente colectivo puertorriqueño. “Lo mejor de los dos mundos”, “la estadidad para los pobres” y el himno de resistencia, “qué bueno es vivir así, comiendo sin trabajar” reflejan esa jaibería “aprovechá” de la dependencia. Pero se acabó la cabuya. Ya no hay a quien sacarle el jugo, a excepción de a nosotros mismos. Es tiempo de pensar en soberano.

Pensar en soberano puede ser complicado. Niega el goloso afán de satisfacción inmediata. En vez de pedir que Washington extienda el PAN a los que trabajan, más soberano es pensar cómo maximizar esa asistencia nutricional que recibimos. Es necio que un país que recibe $1,200 millones para alimentarse, importe el 95% de lo que come.

Pensar en soberano es estimular la producción, concienciar hacia el consumo local de alimentos, y usar el PAN para desarrollar nuestra agroindustria. Pensar en soberano es confiar en nosotros mismos.

Contrariamente a la periódica procesión de corruptos presos por robar a los federales, ser soberanos es apoderarse de la educación para el beneficio del país. Nuestro sistema escolar es un calco del vetusto embeleco centralizado creado hace un siglo para “americanizarnos”. Lo triste es que lo preservamos para solventar nuestro caciquismo crónico.

Hay que devolver la educación a las comunidades. Instituir juntas locales de educación electas que velen de cerca al cabro y a las lechugas. Secar el pantano burocrático donde nadie rinde cuentas. Si alguien busca un modelo, en Estados Unidos constitucionalmente se asigna preferentemente los fondos federales a agencias educativas locales electas. Aquí el Gobierno estatal usurpa esas asignaciones para cebar a sus corruptos de turno.

Pensar en soberano no es de populares, ni de independentistas, ni de estadistas. Un estadista radical puede ser soberano, si rechaza ser un estado servil y mendigo, sin esperanzas de desarrollo propio. Un independentista que fomenta la debacle a ver si le cae su turno en el poder, socava sus posibilidades de desarrollo económico soberano.

Quien se burla de los soberanistas apuntándoles el dedo hacia el Partido Independentista, en pocos meses les rogará angustiosamente por un voto prestado. Son mala paga ésos que hoy se jactan de boricuas demonizando a los mismos bonistas que tan “cuchi cuchi” le pedían prestado hace poco.

Esta crisis es veneno para los agonizantes mercaderes de la dependencia. Por eso es que no hay mejor momento para pensar en soberanista, no importa el partido.

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