Leo Aldridge
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Política tormentosa

Las tormentas – plataneras, huracanadas o, en el norte, nevadas – pueden representar un desastre político para los mandatorios a cargo de mantener el orden. Pero, bien manejadas, también pueden redundar para un político en la proyección de liderato, firmeza y comando de una situación complicada.

Un funcionario que muestra empatía hacia quien lo perdió todo y actúa para paliar esa vulnerabilidad representa la esencia del servicio público y, como bono, tiene el cielo gano en política. Como dijo en una ocasión la gran poeta Maya Angelou: “la gente se olvidará de lo que dijiste, se olvidará de lo que hiciste, pero nunca se olvidarán de cómo los hiciste sentir”.

En Puerto Rico, hemos tenido la desdicha de que, después del peor huracán de nuestra historia moderna en 2017, la lista de transgresiones post-evento compitió con los poderosos vientos y las copiosas lluvias. Solo algunas: subestimaron la cantidad de muertos, no pudieron rehabilitar el sistema eléctrico por largos meses, se distrajeron en un chat infantil y el de allá nos tiró papel toalla. Durante el huracán fue terrible. Después del huracán fue tétrico. Y aún hay gente que vive bajo toldos azules de FEMA.

Luego, a principios de año, tembló la tierra, causándole ansiedad y pérdidas concretas a cientos de puertorriqueños en el sur. Pero después sucedió otra reverberación con los suministros que continuó su trayectoria y se encuentra estacionada en la Oficina del Panel del Fiscal Especial Independiente. Con los temblores, al igual que con el huracán María, la respuesta gubernamental lo que hizo fue complicar – en lugar de facilitar – la recuperación.

Debemos temerles igual o más a lo que hace el gobierno después de los desastres que a los desastres propiamente.

Entre la tarde del miércoles y hoy jueves cruzaría nuestra isla una tormenta que, si fuera más potente, nos haría añicos, tal como sucedió hace tres años. Pero, al momento de cerrar esta columna, las ráfagas del fenómeno no alcanzaban las 40 millas por hora en sus peores lugares. La lluvia era la amenaza real.

La gobernadora Wanda Vázquez, apenas a 10 días de unas primarias contra Pedro Pierluisi, podría aprovechar esta situación para – al igual que en ocasiones ha hecho con el COVID-19 – lucir como la mandataria en control y dominio de “mi pueblo de Puerto Rico”.

Eso, hasta el momento, no ha pasado. Ha pasado, de hecho, todo lo contrario. La gobernadora se ausentó el martes a una conferencia de prensa sobre la tormenta. El apagón de luz del martes, sin el atisbo de una ráfaga, dejó sin electricidad a una cuarta parte de la población del país. FEMA le envió una carta directamente a Vázquez indicándole que, contrario a lo que ella ha dicho, su administración “no está bien preparada ni tiene la habilidad para responder o manejar un evento mayor”.

Estamos, es ineludible, en la ruta caribeña de los huracanes. Pero también estamos consistentemente en la ruta de la incompetencia y negligencia del gobierno, que, en dos ocasiones en lo que va de cuatrienio, ha rematado los desastres naturales con desastres de fabricación propia.

Vázquez, que a veces parece contar con 100 vidas en su corto paso por la política, tiene una oportunidad dorada con el paso de esta tormenta de lucir en control y al mando de una complicada operación gubernamental sobre un tema muy sensitivo en el imaginario colectivo de Puerto Rico. Si lo hace bien, podría ayudar al pueblo de Puerto Rico al que tanta alusión hace y, de paso, quién sabe, hasta recuperar algo del terreno perdido políticamente en las pasadas semanas.

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