

Ayer le decía a mi hija que muchos de su generación, gente joven como ella, no planificaban sus vidas para cuando fueran viejos —porque van a llegar a viejos, le dije, salvo dos o tres que morirán antes—, a diferencia de ella que sí está tomando las prevenciones razonables. Es como si, a una parte de esa generación —porque no son todos—, no les importara prepararse para cuando sus fuerzas físicas decaigan y ya no sea posible seguir trabajando (y sus padres, ya fallecidos o por fallecer, no estén para tenderles la red que siempre les han tendido y evitar así el impacto mortal de la caída). Porque lo de ponerse viejo nos cambia de algún modo la vida y nos expone a ciertos riesgos particulares con los que tenemos que lidiar solos; a veces demasiado solos.
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