Josean Ramos

Punto de vista

Por Josean Ramos
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Se tambalea el imperio

Con el establecimiento de la primera “zona autónoma” en un sector pobre y marginado de Seattle bautizado como CHAZ (Capitol Hill Autonomous Zone), o CHOP (Capitol Hill Organized Protest), tras el asesinato de George Floyd y la escalada racista en Estados Unidos, el poderoso imperio gringo que tantas vidas mancilló bajo la ilusión del llamado sueño americano ya empieza a despertar de esa pesadilla rancia que anuncia su inminente caída. La toma del “estado de CHAZ” por residentes activistas pro derechos humanos, en su mayoría afrodescendientes, indios y grupos comunitarios, evoca un acontecimiento similar en Latinoamérica durante la turbulenta década de los años sesenta, que cambió para siempre la historia política y social de Colombia: la masacre de Marquetalia.

Este pequeño territorio en el departamento del Tolima era un enclave de campesinos liberales que se negaron a entregar las armas tras la violencia bipartidista de la década anterior, defraudados por la traición y el asesinato del líder guerrillero campesino Guadalupe Salcedo, el terror de los llanos orientales. Para evitar el acoso de los militares, los rebeldes liderados por Manuel Marulanda Vélez “Tirofijo” y Jacobo Arenas se refugiaron junto a miles de familias campesinas en la agreste área montañosa de la Cordillera Central, donde grupos armados de “autodefensas campesinas” tomaron control del territorio que en adelante se conoció como la República de Marquetalia.

Durante algunos años debieron combatir y montarle emboscadas al ejército para evitar el constante acecho de los militares, alentados por el senador conservador Álvaro Gómez Hurtado, quien había denunciado ante el Congreso la existencia de unas llamadas “repúblicas independientes” al interior de Colombia. El 18 de mayo de 1964, bajo el gobierno de Guillermo León Valencia en colaboración con los gringos, el ejército inició una ofensiva militar para la “pacificación del Tolima” bautizada “Operación Soberanía”, que incluyó tropas especializadas en contrainsurgencia, grupos de inteligencia, varios aviones de combate, cinco helicópteros y tres batallones, con un total de 2,400 efectivos. Las barbaries más horrendas e inhumanas se cometieron allí contra miles de campesinos desalojados, torturados y encarcelados, de los cuales más de doscientos fueron asesinados, sin contar los desaparecidos. 

Algunos líderes lograron escapar a través de la cordillera y reagruparse en las tierras bajas de la Orinoquia junto a miles de familias que también huían de los milicos. Eran, al decir del gobierno, los mismos “bandoleros armados” que poco después, en respuesta a la masacre de Marquetalia, fundaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), cuyos cuantiosos operativos políticos y militares durante medio siglo habrían de repercutir en todo el continente. Salvando las distancias temporales, políticas y geográficas que separan el “estado de CHAZ” en United States y la “república de Marquetalia” en Colombia, la analogía procede, si consideramos que el dolor y la indignación tienen sus límites y, como están de caldeados los ánimos en Estados Unidos, la violencia acumulada durante tantos años estalla a la menor provocación. 

Ya el presidente Trump amenazó con una intervención militar para sacar a los manifestantes de CHAZ, si las autoridades estatales no retoman el control en la zona autónoma y reponen a la policía, que debió abandonar su sede tras los enfrentamientos callejeros. En un principio, al embrujo de aquella utopía al margen del estado, la alcaldesa de Seattle Jenny Durkan apoyó a los manifestantes y le pidió a Trump que regresara a su búnker, ya que el pueblo tiene el legítimo derecho de retar al gobierno. Pero en recientes días hubo dos tiroteos de madrugada, que cegaron la vida a un joven de 17 años y dejaron otros heridos, lo que ha generado mayor presión entre las autoridades para devolver la presencia de la policía en el área y “garantizar la seguridad” de sus habitantes. Aunque se mantiene en comunicación con los organizadores de la protesta para buscarle una salida pacífica que permita “instaurar el orden”, la alcaldesa aseguró que la “zona autónoma” será desmantelada y muy pronto la policía va a regresar a sus cuarteles. 

Ante tal amenaza, los manifestantes han levantado barricadas y se preparan para responder de una manera muy distinta a la de sus antepasados, mientras en Washington otros grupos los empiezan a emular, pese a las amenazas de Trump de usar “serious forces”. Si se desata la violencia nuevamente por el regreso de la policía e intervienen los militares en CHAZ, dase por seguro una masacre de grandes proporciones, que encenderá aún más la rabia acumulada en tantos sectores marginados de la nación, hasta estallar en una segunda guerra fratricida. Si no les permiten regresar ni interviene el ejército y los manifestantes mantienen su control en la zona autónoma, otros sectores postergados que ya reclaman su derecho a ser una “república independiente” seguirán su ejemplo, lo que provocará como consecuencia lógica –e histórica– el primer gran tambaleo de la nación y la eventual caída del imperio norteamericano... 


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