


La discusión sobre el futuro del Seguro Social y Medicare se ha estado presentando de forma alarmista: que los fondos se agotarán, los beneficios desaparecerán, que básicamente el sistema está condenado al colapso. Pero la realidad es más compleja. El problema no es que estos programas se extingan, sino que tengan menos recursos de los necesarios para atender a una población envejecida en crecimiento, incluyendo los millones de baby boomers aún por incorporarse plenamente a estos sistemas de apoyo. El riesgo es que estos dos importantes fondos no puedan responder a la alta demanda de todos los que dependen de ellos y se reduzcan los cheques del Seguro Social.

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