Arturo Portnoy
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Si Puerto Rico tiene futuro, será por sus jóvenes

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No pasé María en Puerto Rico. Estaba de tutor del equipo puertorriqueño en una Olimpiada matemática en Argentina. Pero sufrí mucho viendo todo ocurrir y pensando en mi esposa e hija, incomunicadas, en Mayagüez. Cuando finalmente pudimos volver y entregué a los muchachos competidores a sus familias, di la guiada hacia Mayagüez entristecido por el panorama tétrico que dejó el huracán.

Los jóvenes haciendo lo que el estado debería hacer. Es a la vez esperanzador y desesperante, escribe Arturo Portnoy.
Los jóvenes haciendo lo que el estado debería hacer. Es a la vez esperanzador y desesperante, escribe Arturo Portnoy. (Vanessa Serra Díaz)

Esta vez también tenía un viaje planificado, pero días antes, cuando ya se veía que Fiona podía ser terrible, cancelé todo para pasarlo con la familia. Me pareció largo, interminable el asunto de la espera y luego lo mucho que se tardaron los vientos y lluvias. Mi hija y mi esposa tuvieron sus momentos de revivir las experiencias durante María y sentirse muy abrumadas y tristes. Yo me sentía tranquilo de al menos poder estar juntos, pero sí hubo momentos en que sentí la desesperación de que ya terminara el evento.

Las lluvias, inmensas, interminables. Se nos coló agua en casa y hubo que mapear varias horas hasta que pasó. Se vino abajo media caoba del vecino sobre la entrada de nuestra marquesina. El estruendo nos sobresaltó a todos. Si hubiera habido un carro... Limpiar esa marquesina nos tomó varias horas a machetazo limpio. Se cayó una rama grande de una acacia sobre nuestras placas solares, que afortunadamente no rompió.

Al quinto día sin luz, ya con agua y telecomunicaciones intermitentes. Todo sería previsible, mucho evitable, en un país donde las cosas funcionaran medianamente bien. Pero Puerto Rico lleva años inmerso en un mar de corrupción densa y profunda. Aquí no se ha hecho nada desde María. Y creo que esa es la comprensión más deprimente de todas. Puerto Rico no se levanta. Se arrastra en un lodazal de pillaje y desorden. Y cuando se levanta, es para preparar maletas y emigrar.

No hay duda de que por la falta de agua y electricidad podrían morir muchos: los más vulnerables, los pobres, los abandonados. Nosotros somos afortunados, estamos incómodos, pero no nos falta techo, comida, lo esencial.

Pero pensar en el futuro de Puerto Rico, a la luz de las experiencias de los últimos años, y viendo cómo ni siquiera incluyeron al oeste en la declaración de desastre, es descender a un abismo oscuro e incierto. Es desolador.

Mi hija está afuera, en la calle, ayudando en una brigada solidaria, como ha hecho desde que terminó el evento y era posible bajar por la 108. Los jóvenes haciendo lo que el estado debería hacer. Es a la vez esperanzador y desesperante, pues el aparato estatal está ahí precisamente para estos momentos. Si Puerto Rico tiene futuro, será por sus jóvenes, que buscan caminos y formas nuevas, y se alejan del amiguismo, las conveniencias, la corrupción y todas esas mañas que nos tienen donde estamos.

En fin, yo no veo claro el futuro. Lo que veo son neblinas densas, asfixiantes. Veo buitres sobrevolando. Veo avaricias y egoísmos extremos. Espero estar cansado y equivocado.

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