José E. Muratti Toro

Punto de vista

Por José E. Muratti Toro
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Sobre las improbabilidades de erradicar el racismo

Uno de los propósitos de las protestas iniciadas tras el asesinato de George Floyd se logró. Se arrestó a los otros tres policías involucrados. Hay mayores posibilidades de que Derek Chauvin, quien comprimió el cuello de Floyd con la rodilla hasta asfixiarlo, resulte culpable por una de dos modalidades de homicidio. A los otros tres, posiblemente será más difícil que sean declarados culpables por la modalidad de asistir y facilitar el acto que resultó en la muerte de Floyd. Si eso sucede, las protestas del verano posiblemente se extenderán hasta el otoño.

Un dato curioso es la composición “étnica” de los policías. Chauvin es blanco. Los otros son: uno blanco, uno negro y uno oriental. La defensa posiblemente utilizará ese dato para argumentar que las acciones concertadas por los cuatro no obedecieron a prejuicios raciales sino a las características particulares de Floyd, un corpulento individuo frente al cual los oficiales temieron por su vida.

La evidencia en al menos dos vídeos revela que Floyd no intentó agredirlos. Por el contrario, les habló de forma sumisa llegando a decirles “sir”, término de respeto ante la autoridad. Imploró que no podía respirar. Preguntó por su mamá. No obstante, fue sujetado por tres de los oficiales en el piso y, ulteriormente, “privado de su vida”.

El hecho de que los dos oficiales no-blancos, conscientes de las actitudes y conductas prejuiciadas de la policía hacia los afrodescendientes, no actuaron para controlar a Chauvin e impedir que matara a Floyd revela cuán arraigado está el prejuicio racial en la uniformada. Ante la “disyuntiva” de privarle la vida a un afroestadounidense o restringir la acción de un compañero policía, la vida del negro se colocó por debajo del posible agravio a otro policía.

La voluntad de algunas personas no-blancas a actuar violentamente contra otros de su misma extracción étnica está ampliamente documentada. Las crueles y despiadadas acciones de negreros, capataces y gendarmes civiles y militares, contra esclavos y peones para complacer y convencer a las autoridades blancas de su lealtad y “merecer” ciertos privilegios han sido históricamente motivo de indignación y vengadas por rebeldes e insurrectos.

Pero estos síntomas del racismo no describen la totalidad de la problemática. Estas acciones ilustran que la recalcitrante convicción de la superioridad de una “raza” sobre las demás legitima cualquier acción de un blanco en posición de autoridad, formal o informal, permanente o pasajera, contra un no-blanco. Los sucesos son circunstanciales.

Las circunstancias que estipulan si la acción es provocada, ilegal, criminal, o si obedece a motivos de peso, las establecen la opinión, actitud y decisión de la persona con autoridad para actuar contra la persona real o alegadamente peligrosa.

La coincidencia o la renuencia de los pares de la autoridad policial de actuar de una manera específica son irrelevantes. La convicción de que la autoridad puede actuar contra una persona cuyas características raciales la colocan en una posición inferior es justificación suficiente para actuar contra la persona “peligrosa”, vista como amenazante, e ignorando consideraciones tales como derechos civiles, debido proceso de ley o el derecho a la vida. O sea, la persona con autoridad “agraviada” real o presuntamente puede actuar según considere apropiado para “proteger su propia vida”, la de sus compañeros y la comunidad en general.

Los no-blancos son “extranjeros internos” que la sociedad tolera por civismo o que acepta renuentemente que les cobijen los derechos civiles, pero sin convertirlos en “iguales”. En concepto de equal but separate “resuelto” por el Tribunal Supremo en Plessy v. Ferguson en 1896 es un reacio consentimiento de derechos que concede y otorga la sociedad, léase, la mayoría blanca.

Este concepto en un mismo estatuto legal evidencia el hecho de que la igualdad ni es real es ni aceptada. La separación demuestra que dicha igualdad es incompatible con la autopercepción de la superioridad de la mayoría, que la hace imposible.

El asesinato de George Floyd ha condensado en un solo acto y una multitudinaria reacción cuán fundamental es para los Estados Unidos la separación por razas, la superioridad de una sobre las demás, y cuán incompatible resulta con su definición de sociedad democrática.

Lamentablemente, dado que la separación en castas raciales es un fenómeno visual, amén de cultural, hasta que no ocurra una integración racial total y una transición de poder de la mayoría blanca a una mayoría mestiza, el prejuicio racial no podrá ser erradicado.

Seguramente tomará siglos para que ese mestizaje logre consumarse. Las posibilidades e improbabilidades suelen pavimentar el camino hacia la justicia social. A eso apostamos.


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