Salomé Galib
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Sobrevivientes: Nueva York nunca muere

El día pintaba muy bien. El cielo despejado tenía un azul indescriptible, y por fin sentíamos el fresquito del otoño que llegaba. Mi esposo y yo habíamos sacado tiempo en la mañana – él de su trabajo en un bufete; yo de reuniones con el equipo de la entonces gobernadora Sila Calderón, sus abogados y banqueros – para buscarle cuido a nuestra primera hija, que estaba por nacer. Vivíamos y trabajábamos en el Distrito Financiero en Manhattan, por lo que el preescolar de Trinity Church, a la sombra de World Trade Center, nos parecía una gran opción.

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