Jorge Schmidt Nieto

Punto de vista

Por Jorge Schmidt Nieto
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Un blanquito hablando de racismo

Los eurodescendientes o blancos debemos reconocer que nuestros antepasados secuestraron y esclavizaron, durante cuatro siglos, a millones de hombres, mujeres y niños de África. No somos observadores neutrales, ni condescendientes colaboradores de nuestros hermanos afrodescendientes en sus reclamos de justicia. Estamos situados en el lado ganador de una ecuación de poder que le asigna un valor superior a la piel rosada, los ojos claros, el cabello rubio, el pelo liso y hasta los pezones rosados. Cuando a ese privilegio racial se le suma riqueza, el peso es aún mayor.

No es cuestión de generar sentimientos de culpa, porque no hay manera de revertir las manecillas del reloj del tiempo. Se trata de admitir que esa relación de poder aún existe y que se manifiesta a diario. Ser blanco es ventajoso en entrevistas de trabajo, castings para actuar, tribunales de justicia y en campañas políticas.

Un hispano blanco experimenta personalmente el discrimen, al colocarse del otro lado de la ecuación, cuando va a Estados Unidos o Europa, sedes de esa ideología. Descubre que la membresía en ese club es más cerrada de lo que parecía. Se enfrenta entonces a dos posibles opciones: asimilarse o reaccionar. El camino de menor resistencia es renunciar a aquello que lo diferencia. De esa suerte, al menos su progenie podrá participar plenamente del lado favorecido de esa ecuación racial. Otra vía es abrazar su identidad de minoría y rechazar el discrimen, pasando de lo teórico a lo práctico, de lo ajeno a lo personal.

Reconocer el racismo conlleva identificar las instancias en las que se utiliza. Un autoanálisis es imprescindible, en el plano individual. Tenemos la responsabilidad de detener una conversación racista, de no reírnos de un chiste racista, de llamar la atención a una práctica discriminatoria en el trabajo, de rechazarlo entre amistades o familiares. Es hacerlo visible, utilizar el poder para auto-reducírselo. Y puede ser mucho pedir. Por eso se ha perpetuado, porque es conveniente y quien se beneficia no tiene incentivo aparente para destruirlo.

Sin embargo, esa aparente pérdida de privilegios realmente genera una ganancia absoluta para toda la sociedad. Eliminar barreras y permitir que millones de seres humanos desarrollen plenamente sus potenciales beneficia a toda la sociedad. No es altruismo ni un sentido de culpabilidad histórica, sino un entendimiento moral y concreto de que la justicia racial favorece a todos y todas.

Pero las barreras no se caen solas, se requiere esfuerzo para derribarlas. Así como los afrodescendientes heredaron las consecuencias negativas de la esclavitud, los eurodescendientes heredaron las positivas. La indiferencia y pasividad ante actos de discrimen racial fortalecen y perpetúan el racismo y nos hace cómplices de su permanencia.

No somos lectores distantes de un cuento publicado en otrostiempos, con principio y conclusión. Somos parte de una narración en progreso, protagonistas de esta historia nefasta, pero capaces de corregirla. El primer paso es reconocer su existencia e identificarla en todas sus manifestaciones, para que ese monstruo de mil cabezas no sea capaz de asomar su vil rostro nunca más.


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