Eduardo Villanueva

Punto de vista

Por Eduardo Villanueva
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Una perra enfermera y el odio racial

Me desperté a las cinco de la mañana. No estoy dormido, no he bebido ni alucino. Lo que cuento lo vi, es real. Tengo una nieta que crió una perrita. En mi casa todo el mundo ama a los animales de diversas formas. Hay perros y perras en varias  casas. Algo de ese amor yo se lo transmití a mis hijos y nietos. De niño tuve muchos y diversos, con los que hablaba y me entendían, aunque yo no los entendiera tanto como ellos a mí. En mi infancia y adolescencia tuve de todo: cabras, mis favoritas. Gansos, gallinas, pavos, conejos, patos y sin embargo, nunca quise tener pajaritos presos. Ni peces encerrados en peceras. Una vez me alegré porque a mi mamá se le escapó una cotorra que ella quería mucho. Me dijo: ¿nene, tú te alegras de mi sufrimiento? Le contesté: no, me alegro del gozo de la cotorra que advino a la libertad.

Hago este cuento porque mi nieta tiene una perra que se llama Violeta. En su casa hay otra perra que se llama Negrita. Negrita se accidentó corriendo y se dislocó algo en la espalda que le afecta una pata. Negrita está en el suelo de la casa, recibe terapias de rayos láser. No puede caminar y sufre porque es una perra muy activa. Violeta, sata, pelúa, es rescatada, como otros en casa. A veces me pregunto si a mí también me rescataron mis padres, de  algún entresijo misterioso, pero eso es otro cuento de muchas rarezas y aristas. Violeta le acaricia la pata inmóvil, mira de lado con pena, suplicando a los que cuidan a Negrita que hagan algo, vuelve a tocarla y la consuela. Luego se le acuesta en el costado, reclina la cabeza para que Negrita se sepa querida y atendida. Sin celo alguno por los adultos que la cuidan a ella más que a Violeta, porque la enferma es Negrita. Violeta no sabe dar terapia con rayos láser, la da con la lengua y una energía eléctrica que transmite a Negrita.

Lo que siente Violeta es empatía. Capacidad para percibir el sufrimiento ajeno e identificarse con ese sufrir. No tuvo que estudiar en una “Ivy League” para aprenderla. Sabe ser empática por instinto. ¿Por qué un ser humano no puede tener arranques de perro empático y percibir el dolor? ¿Por qué se le hace tan difícil captar el sufrimiento? ¿Por qué la indiferencia cuando tiene alguien sometido a la obediencia con una rodilla en el cuello y el peso del cuerpo asfixiando a quien suplica por su vida? ¿Qué provoca que otros agentes presentes vean la escena y no detengan el sufrimiento de quien clama por aire? Dicen que una de las muertes más crueles, dolorosas y sufridas es la que ocurre por asfixia. ¿Quién entrenó a estos salvajes que no llegan  a la sensibilidad de un perro no entrenado? 

El odio racial, como todo odio, embrutece. Gandhi enseñó que la doctrina de ojo por ojo nos dejará ciegos a todos. Pero Cristo sacó a los mercaderes del templo con un látigo. La justicia tiene su época y su circunstancia. Cuando los tribunales y los agentes que se supone que son de ley y orden le fallan al pueblo, se convierten en los mercaderes del templo. Un estallido de fuego e indignación le quema las entrañas a los que abusan de la fuerza. Un pueblo indignado le devuelve el oxígeno a quien ya no puede respirar ni suplicar. Desde su estertor lejano, clama para que no ocurra nunca más. El pueblo lo oye y lo reivindica.


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