


Durante estas fiestas navideñas habrá una abuela que seguirá guardando un secreto por miedo al rechazo, al desprecio, a la humillación, a que no le dejen volver a acercarse a sus nietos.
No es un caso aislado. Son decenas de madres, tías, hermanas —jóvenes y adultas mayores– que viven con un diagnóstico positivo de VIH en Puerto Rico. Algunas de ellas aún lo hacen en silencio.
Las historias son desgarradoras. Hay a quien le han dado un galón de cloro para que limpiara el baño después de usarlo. A otra, solo le ofrecen cubiertos desechables.
“Es estigma. Uno pudiera pensar que pasaba en la década de 1980, pero sigue pasando hoy. Personas que viven el discrimen y el rechazo desde la misma familia”, contó Ronaldo Vázquez Maldonado, especialista en promoción de la salud y enlace con la comunidad del Programa Ryan White Parte B/ADAP del Departamento de Salud. Sin embargo, han encontrado en este programa un espacio para hablar, apoyarse, sentirse escuchadas y acompañarse.
Las victorias, resaltó, son muchas. Ver cómo cambian de ánimo al enterarse de que hay un tratamiento que funciona. Personas sobrevivientes de violencia, de violación, que, por primera vez, encuentran un espacio seguro. Y otras que alcanzan su meta: ser indetectables, que es igual a intransmisible.
Y vuelven a sonreír.
“Un participante no es un simple paciente”, sostuvo. “Es valioso. Tiene derecho a vivir una vida plena y saludable”.
El autor es periodista colaborador de Suplementos.

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