


En un momento donde la maternidad suele plantearse como una serie de renuncias inevitables, la creadora de contenido Danila Vassallo propone otra lectura. No se trata de elegir entre quién eres y a quién crías, sino de construir una estructura donde ambas cosas puedan existir con honestidad.
“Soy una mamá bien presente, pero sin quitarle espacio a que mi hija sea ella misma”, dijo. En su forma de maternar, busca guiar sin controlar. Observar antes que imponer. Acompañar, en lugar de moldear. Es una crianza que apuesta por la autonomía, incluso cuando eso implica soltar certezas.
Ese soltar, sin embargo, no es solo hacia afuera. También ha sido un proceso interno. Vassallo reconoce que una de las decisiones más importantes y difíciles que tomó como madre ocurrió antes, incluso, de ejercer plenamente ese rol. Fue entender que necesitaba estar bien para poder recibir a su hija desde un lugar sano.
“Eso significó priorizar mi salud mental”, explicó.
La maternidad, en su caso, no llegó a transformarla de manera automática, sino que exigió cambios conscientes.
“Me sorprendió mi capacidad de cambiar para bien por mi hija”, dijo. Ese cambio no es una idealización, sino una respuesta activa que incluyó reconfigurar prioridades, hábitos y formas de estar.
Como en muchas otras historias, el control aparece como una de las primeras cosas que ha tenido que soltar. El tiempo ya no le pertenece de la misma manera. La energía tampoco. Pero más que verlo como una pérdida, lo describe como una redistribución. Es aprender a habitar los espacios de otra forma, con nuevas exigencias y también con nuevas recompensas.
El cuerpo ha sido otro territorio de negociación.
“Al principio me costó aceptarlo”, admitió. El embarazo y el posparto transformaron su relación consigo misma, pero ese vínculo ha evolucionado. “Poco a poco he aprendido a respetarlo más”. No se trata de un amor automático, sino de un proceso: uno que implica paciencia, ajuste y, sobre todo, menos juicio.
En el plano público, su maternidad también es visible. Comparte a su hija en redes sociales, pero con una línea clara: hacerlo desde el amor, sin comprometer su privacidad.
“Protejo su infancia”, resumió. En esa frase hay una postura ética que atraviesa todo su discurso y significa que no todo lo que forma parte de su vida necesita ser expuesto.
A diferencia de la narrativa que insiste en la maternidad como un espacio de limitación, Vassallo la describe como una experiencia de expansión.
“Me siento más libre como madre”, afirmó. Esa libertad no está en la ausencia de responsabilidades, sino en la claridad que estas le han dado. Su hija —dijo— le trajo una felicidad y un propósito que no conocía, y eso ha sido motor de transformación.
Pero esa transformación tampoco es lineal ni siempre luminosa.
“No siempre es bonita”, reconoció. Hay días agotadores, frustrantes, incluso solitarios. La diferencia está en no esconderlos. En aceptar que la dureza no invalida la experiencia, sino que forma parte de ella. Y que, aun en medio de esos momentos, existe un amor profundo que sostiene.
Esa dualidad —entre cansancio y conexión— es, quizás, uno de los aspectos que más valora.
“Ese vínculo que se crea… no tienes que explicarlo porque se siente”. La maternidad, para ella, es también un espejo: un espacio que la reta, que la cambia, que le revela aspectos de sí misma que desconocía.
Mirando hacia adelante, Vassallo tiene claro cómo quiere ser vista por su hija. No solo como madre, sino como mujer. “Me gustaría que entienda que tengo sueños, metas, una identidad propia”. En su visión, la maternidad no borra lo demás, sino que convive con ello.
En tiempos donde todavía se espera que las madres se definan por completo en función de sus hijos, su postura marca una diferencia sutil pero poderosa; criar sin desaparecer. Estar presente sin dejar de ser. Y, sobre todo, demostrar que el amor no necesita control para sostenerse.
La autora es periodista colaboradora de Suplementos.

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