Cabo Rojo - Sentado en el lugar donde se erigieron las chozas de sus abuelos, un pescador recuerda una bahía de Boquerón que rebosaba de sardinas, ostiones y otros moluscos. Allí, donde desde los 5 años se enrollaba los pantalones y tiraba un cordelito a la ensenada, aún mantiene su bote de pesca, pero las salidas al mar no traen la misma bonanza de antes.
Jimmy Creitoff Vargas solía partir temprano y regresaba con sardinas frescas y “40 o 50 libras” de pescado. Los ostiones eran tan abundantes que podían llenar cinco o seis baldes. Hoy, la captura de una tarde en el vaivén de las olas se cuenta con una mano.
“Había abundancia de todo eso aquí. Y todo eso ha ido mermando, todo”, narra.
El pescador, comerciante y maestro retirado ha sido testigo del avance de la erosión costera, de la dureza de las sequías, de la sustitución de árboles por cemento, de la desaparición de un área de producción de sal –o “salina”– y de cambios en el comportamiento del mar. Pero también ha visto cosas positivas, como la recuperación del agua prístina de la bahía, que por mucho tiempo recibió descargas de aguas usadas.
“Nosotros estamos cansados de tanto cemento en todos lados; y tumba los árboles, y tumba los árboles”, expresa.
Lo que describe el hombre de 71 años, desde el suroeste de Puerto Rico, no es solo una historia sobre la pesca; es una ventana a una región que ha cambiado durante décadas y que ahora enfrenta nuevas presiones sobre sus costas, cuencas, ecosistemas y recursos hídricos.
“El oeste concentra algunas de las mayores presiones de desarrollo del país: la expansión de proyectos turísticos y hoteleros de lujo, la privatización y apropiación del acceso a las playas, la construcción en la zona marítimo-terrestre (ZMT), la presión sobre terrenos agrícolas y áreas ecológicamente sensibles, así como propuestas de infraestructura energética e industrial”, planteó Hernaliz Vázquez Torres, directora de Sierra Club Puerto Rico.
En otros pueblos del oeste, como Rincón e Isabela, se repiten, entre más de una docena de líderes ambientales, vecinos y científicos entrevistados por El Nuevo Día, preocupaciones por el desgaste de la costa, el acceso público a las playas, la presión del desarrollo sobre ecosistemas sensibles, la seguridad hídrica y la fragmentación y pérdida de hábitat debido a la expansión urbana.

Con 13 municipios –Aguada, Aguadilla, Añasco, Cabo Rojo, Guánica, Hormigueros, Isabela, Lajas, Mayagüez, Moca, Rincón, Sabana Grande y San Germán– y alrededor de 429,000 habitantes, el oeste abarca alrededor del 17% de la superficie de Puerto Rico.
Es, además, un área con una diversidad ecológica excepcional. En el listado, figuran las dunas, que brindan protección frente a marejadas; los humedales y manglares, que asisten en la amortiguación y calidad de agua; el karso, con acuíferos que proveen agua a más de medio millón de personas; los bosques, clave en la captación y filtración; y los arrecifes, que ofrecen protección costera y economía turística.
“Cabo Rojo es el sitio más seco de Puerto Rico. Isabela, su característica es que enfrenta al océano Atlántico con toda la fuerza que trae, con más de 5,000 millas de flujo de aire sin interrupción de tierra. Y allí están las dunas más grandes de Puerto Rico, que los puertorriqueños han diezmado en su afán por construir y usar la arena para echar cemento. Y en Rincón, hay una oceanografía muy interesante, porque hay muchos efectos. Con el canal de la Mona y la República Dominicana tan cerca, afectan mucho el comportamiento del mar en esa región”, explicó el ecólogo Ariel Lugo sobre los pueblos que El Nuevo Día visitó como parte de esta serie especial.
El resultado de esta diversidad es un mosaico natural que sostiene no solo la diversidad, sino la economía, la vida y hasta la identidad de quienes habitan la zona.
“La gente llega al oeste a buscar arena, playa, sol, bosque, porque tenemos bosques, tenemos ríos. Y (la comunidad) ha comprendido que, si perdemos eso, si perdemos las costas, vamos a perder ese valor económico que tenemos y ese atractivo. (Con el desarrollo desmedido) estás arriesgando al puertorriqueño y a las futuras generaciones a perder todo, hasta la identidad, porque le estás quitando el recurso que nos hace caribeños, que nos brinda el ser de un país tropical y vivir en el Caribe, que son las playas, las costas, la arena, las dunas, los mangles, todo este conjunto de ecosistemas”, opinó Héctor “Tito” Varela, líder de Surfrider Foundation Puerto Rico.
La evidencia física
La erosión costera es uno de los problemas ambientales más significativos. Para Carola Acum, portavoz de la coalición Paseo Responsable, a los impactos del desgaste costero se suma el desconocimiento de la ciudadanía y del gobierno sobre la magnitud de la situación.
“Es importante que se visiten las áreas, se evalúen y se miren físicamente para que se puedan dar cuenta que, en los últimos años, (el avance de la erosión) ha sido exagerado. Y nosotros tenemos ahora mismo unas costas llenas de ruinas, con muy poco acceso a las áreas de playa, y es un riesgo para la seguridad pública”, aseveró.
En el Balneario de Rincón, es evidente el retroceso de la costa. Allí, un estudio del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, en inglés) identificó el punto de mayor erosión registrado en el oeste de Puerto Rico. El Municipio levantó un muro de cemento –en ZMT– para proteger los gazebos y las duchas.

“La mentalidad fue, ‘vamos a proteger gazebos y duchas para evitar que el agua llegue’. Pero la técnica que se debió usar fue siembra de mangle, restauración de dunas… no meter cemento. Esto lo que va a hacer es que te va a agravar el problema. Cuando se erosiona y entra el agua, las varillas salen, los gaviones salen. Es completamente riesgoso para los bañistas”, señaló el planificador Ramón Díaz Zambrana, quien forma parte de la organización Amigos de Tres Palmas.
Vecinos de este pueblo temen que el ayuntamiento tenga planes de erigir otro muro. El alcalde Carlos López Bonilla no respondió múltiples peticiones de entrevista de este diario.
En el área de Córcega, también en Rincón, el avance de la erosión ha provocado el colapso de estructuras y la exposición de restos de cemento, verjas y varillas al oleaje. Otros casos en la región incluyen a Punta Sardina, en Isabela; Crash Boat y Punta Borinquen, en Aguadilla; y Combate, en Cabo Rojo.
“El cambio más grande que he visto son las costas. La costa de Rincón es bien impactante, la costa de Isabela también es bien impactante. Esos cambios (se suman a) la agresividad de querer hacer más edificios en el mar, sabiendo que el mar está acercándose más hacia la costa”, indicó Carlos Torres, subdirector de la cuenca oeste de Para la Naturaleza.
Al 14 de agosto, el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) mantenía en evaluación 42 solicitudes de deslinde –el trámite mediante el cual se determinan los límites entre uno o más inmuebles colindantes con el dominio público marítimo– en los pueblos de la costa oeste, desde Isabela hasta Lajas. Cabo Rojo (11), Aguada (10) e Isabela (8) lideran la lista.
El DRNA no aclaró cuántos de los casos están relacionados con propiedades que contemplan desarrollo, pero evidencia situaciones en las que el Estado está teniendo que determinar los límites de la ZMT en una región cada vez más marcada por construcciones y desarrollo, de acuerdo con los entrevistados.
En Cabo Rojo, una preocupación entre residentes es la proliferación de “campers” ante la posibilidad de que ocurra vaciado ilegal de aguas usadas de baños portátiles, lo que puede contaminar los acuíferos y el suelo natural, alertó el ecólogo Héctor Quintero.
El alcalde Jorge Morales Wiscovitch, quien estimó que en su municipio debe haber entre 3,000 y 3,500 “campers”, comentó que efectúan un inventario físico para determinar la cantidad exacta, pues “muchos de ellos están violando la ordenanza y no están registrando estas propiedades”. Añadió que no tiene conocimiento de daños ambientales por parte de las viviendas móviles.
A la presión física sobre el territorio, se suma otra disputa: cómo se está planificando el crecimiento de la región y cuánto peso tienen hoy los instrumentos de ordenación territorial. Además, repercute sobre un recurso que varios expertos y líderes consideran el principal límite físico en el desarrollo del oeste: el agua.
“Partimos, muchísimas veces, de pensar que el oeste es un área que no ha sido impactada significativamente y que no hay problema con seguir usando más espacios, cuando estamos bien lejos de eso. O sea, si tú miras el desarrollo espacial del uso de terreno en toda esa zona oeste, especialmente en el noroeste, vas a ver que tiene un desparramamiento de construcción gigantesco y que las áreas que quedan de naturaleza o no impactadas son bien poquitas. Entonces, creo que hay que aclarar eso, porque si no, uno no se da cuenta que estamos hablando de que lo poquito que se está impactando o que se quiere impactar es precisamente lo poquito que queda”, sostuvo Fernando Lloveras San Miguel, presidente de Para la Naturaleza.
En solicitudes dirigidas a la Oficina de Gerencia de Permisos (OGPe) y la Compañía de Turismo de Puerto Rico, este medio pidió datos sobre consultas de ubicación activas y la cantidad de proyectos residenciales turísticos y residenciales de “alto impacto” –por encima del límite de la Administración Federal de Vivienda, según la Ley 101 de 2025– que se encuentran en alguna etapa del proceso de permisos o de construcción, y sobre las exenciones o endosos a proyectos nuevos hoteleros, residenciales-turísticos y condohotelero en los municipios que conforman la región oeste, respectivamente.

Al cierre de esta edición, Turismo no respondió. Mientras, la OGPe contestó que “la información disponible en el sistema no permite identificar ni contabilizar tales proyectos bajo ese criterio”; tampoco brindó el número de consultas de ubicación activas.
Para el pescador Creitoff Vargas, la pérdida no se mide en cuerdas ni clasificaciones de suelos; se mide en los peces que ya no regresan a la bahía que llama su hogar y en los puertorriqueños –incluyendo sus dos hijas– que abandonaron su tierra en busca de algo mejor.
“Mira, vender a Puerto Rico no es viable. Creo que están en un error tratando de hacer proyectos turísticos de esta magnitud, algo tan grande, tanto como Esencia como otros proyectos, cuando aquí la juventud carece de viviendas. Oye, ¿cuándo vamos a hacer proyectos con casas a bajo costo para que los jóvenes que están saliendo de las universidades, los que se están casando, puedan llegar y puedan adquirir estas propiedades?”, cuestiona. “Vamos a tener que crear un país para los puertorriqueños, para la gente humilde, para los que viven aquí no se vayan. Oye, ¿cuándo vamos a hacer un Puerto Rico mejor?”.



