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La fanaticada boricua le recordó al mundo cómo suena el béisbol en Puerto Rico: “El ambiente está brutal”

Más 18,000 aficionados llenaron el Estadio Hiram Bithorn y festejaron la victoria ante Colombia

7 de marzo de 2026 - 12:00 PM

La fanaticada de Puerto Rico se disfrutó al máximo la victoria ante Colombia. (Ramon "Tonito" Zayas)

Nota del editor: Sigue toda la emoción del Clásico Mundial de Béisbol en nuestro sitio especial.

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“Tenemos un amigo puertorriqueño que nos dijo que nunca habíamos sentido el ambiente de un juego como el de uno en Puerto Rico, así que decidimos venir a vivirlo”.

Con esas palabras, dos fanáticos estadounidenses resumieron lo que muchos buscaban el viernes en la primera jornada del Clásico Mundial de Béisbol: experimentar algo que no se puede describir fácilmente.

Y al entrar al Estadio Hiram Bithorn para el juego entre Puerto Rico y Colombia, rápidamente quedó claro que no exageraban.

Más de 18,000 personas llenaron el estadio capitalino.

El bullicio, los cánticos y la expectativa se sentían en el aire. No era un juego cualquiera.

Era la primera vez en 13 años que Puerto Rico volvía a jugar en casa en este certamen mundialista, y la fanaticada respondió como solo el pueblo boricua sabe hacerlo.

Desde los puestos de mercancía hasta los quioscos de comida y bebidas, todo estaba rodeado de una energía contagiosa.

Camisetas de la selección boricua, banderas ondeando en las gradas y conversaciones apasionadas entre fanáticos creaban un ambiente más cercano a una fiesta nacional que a un simple evento deportivo.

Pero el protagonista de la noche no fue solo el equipo en el terreno. Fue la gente.

Hasta seguidores colombianos viajaron para apoyar a su selección, al igual que fanáticos de Panamá, Canadá y Cuba, países cuyos equipos competirán en el mismo grupo que Puerto Rico. Cada uno con su camiseta, su bandera y su entusiasmo por ser parte del espectáculo.

Incluso, una familia colombiana que observaba el partido entre risas y resignación comentó con sinceridad: “El juego es un asco, porque Colombia está perdiendo… pero el ambiente está brutal.”

El estadio parecía un punto de encuentro del béisbol caribeño.

El momento que terminó de encender la noche llegó en la quinta entrada.

Puerto Rico armó un ataque ofensivo que hizo vibrar cada asiento: se fabricaron cinco carreras para tomar el control definitivo del juego.

Con cada batazo, el ruido crecía. Los fanáticos se levantaban, gritaban, se abrazaban y celebraban como si cada conexión fuera un pequeño triunfo colectivo.

Pero la historia aún guardaba un último acto.

En la novena entrada, el estadio se estremeció cuando comenzaron a sonar las famosas trompetas con la entrada del relevista, Edwin “Sugar” Díaz.

En cuestión de segundos, el lugar explotó en emoción. Entre las gradas se veían niños con banderas pintadas en la cara y las trompetas convertían el estadio en una fiesta caribeña. Mientras el cerrador caminaba hacia la loma, miles de voces comenzaron a corear al unísono:

“¡Sugar! ¡Sugar! ¡Sugar!”.

El grito se extendía por todas las gradas mientras las trompetas seguían sonando y las luces de los teléfonos iluminaban el estadio.

Con la calma de quien conoce ese escenario, Díaz dominó la entrada y la cerró con un imparable permitido y tres ponches, sellando la victoria de Puerto Rico 5-0 sobre Colombia.

El marcador dirá que fue una simple victoria. Pero lo que realmente ocurrió esa noche fue algo más grande: un estadio lleno, un pueblo celebrando y miles de voces recordándole al mundo cómo suena el béisbol cuando se juega en Puerto Rico.

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