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Aquella niña lo decía y lo preguntaba todo. Su hogar que le estimuló el reto intelectual se lo permitió, y eso de decirlo y preguntarlo todo no se ha esfumado de ella.

De su madre heredó el nombre, su físico, la fortaleza y su porte. “A mí me enseñaron a caminar derecha, orgullosa de ser una mujer negra”, explica la que nació, como dice, con la conciencia de raza que ha matizado su vida y sus batallas. Mientras que la suavidad, su aura intelectual y el talante ponderado los derivó de su padre.

Con esos balances y su riqueza se forjó el carácter de Ana Irma Rivera Lassén, abogada, feminista y protectora de los derechos humanos que vive orgullosa de ser cangrejera de nacimiento y loiceña por sus padres.

En su universo personal, las referencias a sus gustos, su vida e inquietudes se trazan de esquina a esquina. Un Quijote con una pierna de libros, una colección de muñecas negras de trapo y varias brujas en los recovecos más inesperados como la esquina de la cocina adornan la casa. Pero no se trata de meros ornamentos sino de símbolos que connotan historias, planteamientos y relatos.

“Las brujas en la tradición de la gente que estudia temas de género son mujeres sabias, no son malas. Pero al atreverse a acercarse a campos de estudio vedados a las mujeres, se les decía que eran brujas y las perseguían”, apunta al caminar con varios libros en mano.

No es casualidad su fijación por esas mujeres de poderes que la tradición popular cataloga en más de una ocasión de malvadas. Y es que en su activismo ella ha librado toda suerte de eventos contra muchos seres y circunstancias sociales e históricas para trabajar por las causas en las que ha creído desde muy chica.

“Yo sin duda he sido discriminada a lo largo de mi vida. Inclusive, yo tengo un activismo de derechos humanos bien fuerte no necesariamente por mi discriminación personal sino por mi conciencia de que la discriminación no debe existir”, ilustra la que se ha volcado en la defensa de los derechos de las mujeres y la comunidad LGBT, la igualdad de acceso a personas con discapacidades así como en luchar contra el racismo, la violencia de género y el discrimen por orientación sexual.

Además, su trayectoria como cofundadora y portavoz de organizaciones como el colectivo feminista de Puerto Rico, Mujer Intégrate Ahora (MIA) demuestra que prefiere la acción antes que las palabras. Lo mismo con sus labores con el Consejo Consultivo del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (CLADEM).

Su deseo de ser una voz y la gestora de acciones por una sociedad inclusiva nació temprano en ella. El por qué, sin embargo, no tiene una razón específica. Es que, como manifiesta, esa clase de llamados no se planifican.

Desde pequeña sabía que era más que necesario tomar acción sobre muchos asuntos. Lo supo bien a sus cuatro años cuando deseaba vehementemente un triciclo.

“Pero no me lo trajeron a mí sino a mi hermano. Y yo recuerdo perfectamente haberme prometido que cuando creciera iba a luchar por que los derechos de los hombres y las mujeres fueran iguales en la sociedad”.

principios legales

Aparte de su práctica privada, la mujer que ocupa el cargo de primera vicepresidenta del Colegio de Abogados de Puerto Rico, lanzó su candidatura a la presidencia de dicha institución para el término 2012-2014 al igual que el licenciado Héctor Collazo Maldonado.

De ganar, sería la tercera mujer en presidir la casa de los togados como lo hicieran las licenciadas Celina Romany y Nora Rodríguez, y la primera de raza negra en asumir el puesto.

El deseo de Ana Irma de aspirar a esta posición se ancla en los eventos recientes que han marcado la historia de esta institución tras los cambios en la ley de colegiación y los ataques que ha recibido. A su vez, su anhelo de “mantener al Colegio como la institución que siempre ha sido” (según ella, una entidad, comprometida con la equidad, los derechos de los seres humanos, la inclusión social y el trabajo por un mejor país) fue otra de sus motivaciones.

“Entre mi familia y amistades decidimos que quizás éste era el momento que una persona como yo, que tiene múltiples intersecciones, aspirara a la presidencia”, dice.

Las intersecciones, como deja entrever, son esenciales. Ella reconoce que muchos la vinculan a la fundación de organizaciones y defender los derechos de las mujeres, pero, como sus memorias le señalan, Ana Irma ha acostumbrado hablar de muchos temas a la vez.

“Lo que pasa es que en ciertos momentos alguna gente no entendía lo que personas como yo estábamos diciendo. Y a veces uno debe hablar por segmentos, pero nunca se puede olvidar que eso no quiere decir que estemos olvidando otros temas, y que todos tienen que intersectarse”, afirma quien cree que como las personas no somos segmentos, “para ver las problemáticas de una manera holística hay que hacer intersecciones todo el tiempo”.

El momento ideal para actuar

La fuerza de la justicia social siempre han palpitado fuerte en sus entrañas.

El reto y la batalla por lo que ha creído han matizado sus pasos, por eso, al mirar sus años escolares recuerda que al notar las dinámicas silentes que se producían en los salones donde los negros era minoría simplemente quería actuar. Hacer algo.

“Cuando eres pequeña y estás jugando, tú sabes que hay unos entendidos raciales y te van moldeando. Y yo desde que me acuerdo, luchaba contra esos entendidos raciales. Los retaba”, precisa con honestidad.

De esa época, recuerda con simpatía que “una de las mejores cosas” que le pudo pasar fue la explosión del movimiento Black is beautiful. “¡Me dejé el afro!”, pronuncia entre risas por el arrojo que era, en esa época, tal señal de identidad cuando entró a los 16 años a la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Además, Ana Irma ya era portavoz de MIA y seguía firme en su camino de enfrentarlo todo con la osadía que proveen la bravura y la juventud. Confiesa que hoy, cuando revisa ese pasado, no sabe ni tan siquiera cómo lo hizo.

“Pero estaba en el momento que era, tenía las ideas y nunca le tuve miedo a los micrófonos”, explica. Y así habló y abrió conciencias ante el público que tuviera ante sí.

“Enfrentar esa situación me hizo ver que cuando estás diciendo cosas que de por sí son retantes y además las dices desde un rostro que puede ser retante, tienes un doble problema y eso yo lo sentí desde el primer momento. Además era bien jovencita. O sea, era joven, negra, mujer y hablaba de temas que en los años 70 estaban empezando a discutirse”, resume con un orgullo férreo.

Ahora bien, el trecho que adelantaba con sus obras y pensamientos no necesariamente era bien visto por algunos. En la década de los ochenta, Ana Irma cuenta que tuvo que demandar a un juez que no le quería permitir postular en el tribunal llevando pantalones.

“Ese juez quería que fuera a mi casa a ponerme una falda, y no lo hice. El caso se transó a mi favor y se logró que se expresara que las mujeres podíamos usar pantalones, que estábamos bien vestidas en pantalones o en falda”, relata sobre el logro que no solo reivindicó su carácter y sus postulados sino que puso de manifiesto que el uso del pantalón no significa que una mujer esté mal vestida.

La vida sonora

Al asomarse al segundo piso de su casa donde los libros, los discos y los cuadros invitan a mirar, los versos de uno de sus poemas que cruzan de una esquina a otra capturan la atención. Ana Irma escribe y su perfil se extiende a la producción poética que se ha diseminado en diversas antologías.

“La poesía es la manera en que toco tierra”, expresa y cuando habla de los poemas el entusiasmo se le sale por sus ojos acompañados de unos lentes en tono nacarado.

Comenta que la poesía le da balance, que escribe desde muy chica y que la sonoridad y el ritmo de esa literatura le daba antojos de aprender y recitar incontables poemas.

Todavía Ana Irma no ha lanzado su propio poemario. “Lo cierto es que no hay ninguna excusa para no haberlo sacado. Ahora, lo que nunca pierdo es una oportunidad para sacar una poesía en algo”, sostiene a la que muchas de sus amistades llaman poeta en lugar de licenciada.

Lo que no cambia en todos sus roles es el respeto al cambio en la sociedad. Por ello hace hincapié en que las personas no deben sentir miedo de que surjan individuos reclamando derechos porque, a su juicio, esa es precisamente la historia de los derechos humanos.

Cuando pasa las páginas de su carrera, en lugar de resaltar alguna de sus aportaciones sobre otras, Ana Irma prefiere más bien celebrar la fortuna de estar y actuar en el momento indicado.

“He tenido el privilegio de estar en momentos con otras compañeras y compañeros en que se necesitaba impulsar acciones. Algunas han sido cambios trascendentales en la manera en que se ven los derechos en Puerto Rico”.

“Y yo lo que aspiro, en el tiempo que me quede de vida, es continuar viendo cómo siguen cambiando las cosas”, finaliza la licenciada que, consciente de que el cambio es lo que define la vida, pretende seguir viendo y formando parte de las transformaciones que vengan en ese horizonte que, como bien sentencia, es el pretexto para caminar por la equidad.


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