Jazmín Vázquez cuenta que escasean las oportunidades en este municipio montañoso de Puerto Rico.

Maricao - Un hombre bajando velozmente una cuesta en bicicleta es la única señal de vida en el casco urbano de este municipio un jueves no feriado a mediodía. A esta hora, en que la única fábrica está operando y los niños fueron guardados por las pocas escuelas que la austeridad dejó por aquí mientras las mamás los esperan en sus casas, Maricao es un pueblo lento y soñoliento.

Hay un par de colmados, vacíos, poco suplidos, una que otra cafetería, alguna barbería, la farmacia (que ubica en un edificio antiquísimo), algunos consultorios médicos y una estación de gasolina en la que el dependiente trata al comprador de “mi santo”.

Ahí termina la actividad económica en el Maricao urbano.

“Aquí no hay muchas opciones de trabajo. No hay economía, no hay tiendas. Lo único es de ama de llaves, cuidando ancianos. Está la fábrica, pero una va y solicita en la fábrica, pero tampoco hay”, dice Yazmín Vázquez, madre soltera de dos varones.

A sus 30 años, Yazmín no ha tenido nunca un empleo. “No tengo transportación, no tengo vehículo propio. He ido a pedir ayuda al municipio para trabajo, pero nunca me han dado trabajo”, contaba, en una tarde reciente, en la sala comedor de su apartamento del residencial Juan Ferrer.

Maricao es el pueblo más pobre de Puerto Rico, con casi tres cuartas partes de su población (64%) bajo el nivel federal de pobreza. En el caso de los niños, como los dos de Yazmín, el panorama es de espanto: 84% son pobres. No hay un municipio en Puerto Rico con una mayor proporción de niños en tal situación. Eso significa que aquí casi no hay niños de clase media.

La pobreza infantil es una pesada piedra en la espalda de la sociedad puertorriqueña de la cual este país no ha podido desprenderse en décadas. El Instituto de Desarrrollo de la Juventud (IDJ), una organización no gubernamental sin fines de lucro, ha destapado estadísticas hasta el 1999; nunca ha bajado del 50%.

Atascados en las carencias

El último Índice de Bienestar de la Niñez y la Juventud, que el IDJ publica anualmente hace cinco años, revela un aumento a 58% en el 2017, el último año en que hay estadísticas disponibles, 2% más que en el 2016.

Pero el aumento, en un contexto más amplio, no tiene mayor importancia. Ha estado fluctuando entre el 56% y el 58% durante los últimos 10 años. Lo de verdad escandaloso es, que por décadas, ha habido más niños pobres que no pobres aquí y no hay políticas gubernamentales contra ello.

“Nunca hemos tenido una política pública articulada en este tema de pobreza infantil. No se considera en los planes de desarrollo económico. A veces hablamos de participación laboral, que contribuye, pero no es lo mismo que considerar las necesidades de familias con niños, que tienen unos retos bien particulares. Tampoco lo estamos viendo en las plataformas políticas”, dice Amanda Rivera, directora ejecutiva del IDJ.

“Vemos esto como un problema estructural, porque en esos periodos (examinados) ha habido crecimiento económico de acuerdo a algunos de los indicadores típicos. Pero a pesar de eso, las tasas de pobreza siguen más o menos iguales”, agrega Rivera.

Abundan los estudios que establecen que la pobreza tiene efectos detrimentales en el desarrollo de los niños. La pobre alimentación, el estrés de la estrechez económica, la carencia de recursos educativos culturales y hasta recreativos, entre muchos otros factores asociados a la pobreza, son obstáculos importantes en el desarrollo infantil.

“A pesar de que algunos niños son resilientes ante los impactos adversos de la pobreza, muchos estudios muestran el vínculo entre pobreza y pobre desarrollo infantil, como lo son experiencias dañinas tales como maltrato, carencias materiales, pobre salud, bajo peso al nacer, cambios estructurales en el desarrollo del cerebro y problemas de salud mental. Los estudios también demuestran asociaciones significativas entre pobreza infantil y bajo desempeño académico, dificultad para obtener un trabajo estable y bien pago en la adultez y una mayor probabilidad de conductas de riesgo, delincuencia y actos criminales en la adolescencia y la adultez”, dice un estudio sobre pobreza infantil publicado en febrero por la Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos.

En Estados Unidos, donde hay 15 millones de niños pobres (el 21% del total), el Congreso le ordenó a la Academia Nacional de las Ciencias estudiar el problema y proponer políticas para combatirla. La Academia propuso establecer la meta de reducir el nivel de pobreza infantil a la mitad en 10 años y expandir programas como el crédito por salario ganado (“Earned Income Tax Credit”), del que se sabe que aumenta la participación laboral.

También propuso aumentar el salario mínimo, los pagos de asistencia alimentaria y expandir los subsidios de cuido de infantes.

Algunas de esas políticas se han propuesto aquí. Desde el oficialismo se discuten, pero nunca se ponen en marcha. Rivera cree que Puerto Rico necesita también una meta de reducción de pobreza infantil, como el que se plantea en Estados Unidos y que también se puso en marcha en el Reino Unido, donde ha resultado.

También propone aumentar el salario mínimo, expandir los servicios de cuido, de manera que las madres, que la mayor parte del tiempo son solteras, puedan buscar trabajo. “Para la gente que lleva muchos años marginalizada, lo que funciona son apoyos intensivos”, señala Rivera.

Hay organizaciones sin fines de lucro, como los Boys & Girls Clubs, los Centros Sor Isolina Ferré y el Proyecto Nacer dando ese apoyo intensivo. Pero hace falta más, sobre todo desde el gobierno.

Encerrada en el margen

En la vida de Yazmín y sus hijos hay un mapa de las causas y a la vez las trampas de la pobreza. Más allá de un curso de cosmetología, no tiene estudios. Carece de medios de transportación para desplazarse a donde haya algún trabajo que pueda hacer. Teme irse de Maricao y perder el único apoyo que tiene, que es su mamá. Los padres de sus niños no son un factor en su vida.

En pocas palabras, está atrapada en un círculo del cual nunca podrá salir sin ayuda.

Mientras tanto, se bandea de un mes a otro con $315 mensuales del PAN y $106 de pensión por el menor de sus niños, Michael. El padre de Wilyadier, el mayor no responde por su hijo. Yazmín dice que le debe cerca de $20,000.

El dinero del PAN apenas le alcanza para comer y no todo el mes. Cuando la alacena se vacía, está la madre, que le ayuda con comida. “A veces yo también la ayudo a ella”, dice.

La vida se le agota cuidando a sus hijos y soñando con un mejor futuro que, sin embargo, no tiene idea de cómo alcanzar.

Habla de sus aspiraciones más como ruego que como afirmación; más con resignación que con esperanza: “Tengo mis metas. Quiero trabajar, tener mi casa propia, tener algo que dejarle a mis hijos, mi propio vehículo. Son muchas cosas. Vivir un poco mejor, tener con qué comprarme un gusto y a mis hijos...”.


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