29 de septiembre de 2022 - 11:40 PM

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En medio de la incertidumbre y el miedo que siente entrando ya en su segunda semana sin luz tras el paso del huracán Fiona, Mildred Hernández, una residente del barrio Mameyes de este municipio, encontró el martes un momento para reír. Lo hizo con ganas, abandonándose a las sacudidas del torso y con el semblante de cuando alguien siente que le quieren tomar el pelo.
Lo que le hizo reír fue el recordatorio, durante una entrevista en el patio de su casa, de que el gobierno cuenta con cerca de $10,000 millones, asignados por Estados Unidos tras el paso del huracán María hace cinco años, para la reconstrucción de la red eléctrica. A 10 días del paso de Fiona, que por estos montes trajo lluvias y derrumbes, pero no reportes de postes caídos, y todavía viviendo junto al ruido de una planta generadora, Hernández, de 60 años, encontró graciosísimo el recordatorio sobre la multimillonaria asignación.
“Eso es pa’l gobierno. Eso jamás llega a los pobres”, dijo, al terminar de reír.
A 10 días del huracán Fiona, que azotó el suroeste de Puerto Rico el 18 de septiembre, y trajo fuertes lluvias en toda la isla, casi nadie tiene luz en Jayuya, un pueblo de 14,000 habitantes incrustado en las vastas montañas de la Cordillera Central. El alcalde Jorge González Otero dijo que solo hay electricidad en el casco del pueblo y en urbanizaciones circundantes y que a él, como ejecutivo municipal, no se le ha informado qué planes tiene para el resto del municipio LUMA Energy.
“Esto es inconcebible. Aquí, con María nosotros tuvimos que traer servicio de Arecibo. Yo tuve que poner el equipo pesado para poder traer la luz porque todo el sistema estaba en el piso. Aquí, ahora, se cayó un poste y hubo derrumbes. Tardaron tres o cuatro días en montarlo. No sé por qué”, dijo el alcalde, quien asegura que la comunicación con LUMA “no (es) tan frecuente”. “La gente me pregunta cuándo vuelve la luz y yo no sé”, agregó.
En los campos de Jayuya, es evidente el cansancio y el hastío de la población con las continuas dificultades. Hernández padece de diabetes, alta presión y linfedema, que le causa inflamación en las piernas. También toma medicamentos para la depresión. “La depresión me mata”, dijo.
Tiene una planta que prende unas horas por la mañana y otras por la noche, de manera que no se le dañe la insulina. Tiene sus hijos, pero ellos, dijo, “tienen sus propias batallas y tampoco tienen luz”.
“Estas cosas afectan a uno. Uno no sabe qué esperar, ni cuánto tiempo van a tardar. Uno no puede creerle a nadie. Aquí, no se le puede creer al gobierno, a ninguno. El gobierno dice tal día, tal día, pero no pasa nada”, sostuvo.
Pasa los días, sentada en el balcón, oyendo un radio de baterías y conversando con su vecina, Luz Nazario, quien volvió, en la pasada semana, a una tarea que creyó que había dejado atrás para siempre cuando regresó la luz al barrio a nueve meses de María: lavar ropa a mano. “No van a hacer nada. Se van a quedar con ese dinero. Siempre ha sido así”, dijo Nazario, en alusión a los $10,000 millones para la red.
Al otro lado de la ciudad, el dueño de una guagua de venta de dulces, que solo accedió a que se le identifique por su apodo, el Cano, dijo que, al principio de la emergencia, conociendo el frágil estado del sistema eléctrico, pensó que la luz no volvería rápido y trató de tener paciencia.
Pero, eventualmente, viendo a otros sectores y pueblos con luz, y personas que según él no lo necesitan recibiendo ayuda, perdió la paciencia. “Yo soy pasivo. Pero ahora mismo estoy un poco alterado por la situación”, dijo el hombre, quien asegura que cuando los terremotos de enero del 2020 todavía luchaba por recibir ayuda por los daños que sufrió su casa tras María.
Su esposa, Pura Montero, dice que la única fe que tiene de que la situación vuelva a la normalidad no está en el gobierno, sino en Dios. “Uno esperaba que esto fuera más rápido, porque vino el ciclón, pero uno vio que no hizo tanto daño. Esto es culpa del gobierno. Del gobierno completo. Sean rojos, sean azules o sean verdes, todo es lo mismo”, manifestó.
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