

10 de enero de 2026 - 10:23 AM

“He decidido aislarme del mundo”, confiesa Javier Soto, un joven ermitaño de 35 años que vive en las instalaciones de un viejo observatorio abandonado en la solitaria estepa santacruceña, a un costado de la mítica ruta 40, a 500 metros del río La Leona, a cien de El Calafate y lejos de todos. La extravagante cúpula metálica brilla como un objeto espacial, algo oxidado y sometido a las tormentas del olvido. “La gente para y quiere conocer la historia”, afirma Soto.
“Llama la atención”, dice acerca del observatorio. La ruta 40 en este tramo es de asfalto y la acompañan inmensas extensiones de tierra yerma, meseta y cerros cobrizos, las nubes tienen formas extrañas, ovoides. Una vieja tapera al costado del camino, el parador “Luz Divina”, en ruinas, luego: la basáltica naturaleza de la soledad patagónica. “No es normal ver seres humanos en este territorio, ni mucho menos un observatorio”, agrega Soto.
Tiene dos grandes historias que contar. Nació en Puerto Deseado y vivió en Trelew, pero en octubre pasado sintió voces internas que lo llamaban a dejar la ciudad y su dinámica. “Un día me levanté, junté plata para pagar los servicios y el alquiler y me pregunté: ‘¿Así será la vida siempre?’. No lo acepté”, cuenta. También recibió la noticia que la tierra donde había estado su tío viviendo los últimos 25 años podía quedar sola. Un primo lo estaba cuidando, y lo invitó a seguir con el legado familiar.
En octubre del año pasado llegó al observatorio, que su tío cuidó hasta su muerte, y desde entonces está solo. “Me autoexilié en busca de un propósito”, afirma Soto. El interior de la vieja estación astronómica es su hogar. Sin ningún equipamiento técnico, en la década del 70 fue abandonada, su particular vivienda cruje y tiembla por el implacable viento estepario. “Quise adentrarme en introspecciones y alejarme de la propuesta que hoy domina el mundo: trabajar más para ganar menos”, sostiene.
El río La Leona corre a 500 metros. Pero es un lecho de agua glacial. “Esa agua no se puede tomar porque tiene mucha concentración de minerales, pero sí la uso para cocinar y limpiar”, cuenta. Para beber trae de El Calafate bidones (a 100 kilómetros) o también la propia solidaridad de los viajeros y de turistas. “Muchos saben que estoy acá y me dejan”, dice. Su propósito es noble: cuidar la tumba de su tío, que fue el lonco mapuche llamado Ramón Epulef.
“Yo vine para cuidar su tumba, ese es mi propósito”, manifiesta Soto. En lo alto de un cerro, antes de llegar al río, se encuentra el lugar. “Para mí, es sagrado”, agrega. Llegó en 1998 y en 2023 falleció. Fue un domador muy conocido en la cordillera y respetado baqueano de la estepa. Tenía un método indio que lo hizo famoso, su familia provenía de los Epulef que habían sido reconocidos por Marcelo T. de Alvear y tenían sus territorios en Chubut. “El tío fue bajando y se encontró con este lugar y se aquerenció, lo cuidó”, afirma Soto.
El observatorio es otra de las grandes historias. En 1934 el ingeniero Félix Aguilar asumió como director del Observatorio de La Plata, en aquellos años el cielo del hemisferio sur estaba muy poco estudiado, y para trabajar sobre la ubicación de las estrellas cercanas al polo sur propuso crear una “Estación Astronómica Austral”. Para ese fin comenzó a buscar locaciones. “Le pareció que esta era la mejor”, dice Soto.
En el confín del mapa argentino eligió este paraje recóndito conocido como La Leona, por la estancia y el parador que está cinco kilómetros más al norte. Desde un primer momento se lo consideró un lugar extremo. Río Gallegos quedaba a 350 kilómetros por caminos de ripio, el pueblo más cercano era El Calafate fundado hacía pocos años, en 1927.
Fue una epopeya la construcción. Los ladrillos los hicieron y cocieron en el lugar. Se complicaba conseguir mano de obra, trasladar materiales, alimentos, y enfrentar las inclemencias del clima: los vientos huracanados, más el hielo y la nieve en invierno. “Hoy es difícil, no quiero pensar en aquellos años”, afirma Soto. La Patagonia se hizo rompiendo la palabra imposible.
En 1940 se aprobaron los trabajos y en 1946 el gobierno nacional cedió estas tierras a la Universidad de La Plata. En 1950 comenzaron los trabajos. Aguilar nunca llegó a ver concluido su sueño: falleció en 1943. Para 1951, el edificio donde iba a montarse el telescopio estaba terminado, al igual que unas caballerizas y una casa para los astrónomos.
El plan original era hacer una usina eléctrica y un edificio para una bomba de agua, pero el proyecto quedó sin presupuesto y estos dos espacios no fueron hechos. El agua que se usó era traída de pocos lugares cercanos y también del cielo, aunque el régimen de lluvias siempre fue muy escaso.
“Trajeron un telescopio que no funcionó”, dice Soto. Después de la heroica aventura de construir, las cosas no salieron bien. En 1957 el director del Observatorio de La Plata, Reynaldo Cesco, decidió darle un impulso final para poder inaugurar la estación astronómica de La Leona. Recién se pudo lograr esto en 1960. Se proyectó instalar un Círculo Meridiano Repsold.
Era un instrumento astrométrico de gran precisión para la época diseñado en 1853 en Alemania. Podía medir con gran exactitud las coordenadas celestes. En La Plata tenían uno de 1908 que no había sido sacado de su caja original, y estuvo durante décadas en un depósito, pero fue prestado a un observatorio de Córdoba. Cesco se enfrentó a un gran problema: tenía que inaugurar la estación astronómica de La Leona, pero no tenía telescopio.
“Lo mandaron a pedir a Estados Unidos”, afirma Soto. En efecto, se gestionó el préstamo de uno al Observatorio Lick de la Universidad de California que llegó por mar directamente hasta el desguarnecido paraje santacruceño en un viaje que demandó meses. El problema se resolvió a medias, el telescopio norteamericano hacía tres décadas que no se usaba. Llegó a la Patagonia, lo instalaron para la inauguración y tuvieron que desarmarlo para llevarlo a La Plata y volverlo a calibrar.
Recién en 1965, en diciembre, bajo un sol que está presente hasta 17 horas al día en esa latitud, el Observatorio Austral Félix Aguilar pudo comenzar a mapear el cielo. La proximidad con el río La Leona provocaban que las imágenes sean difusas, la constante formación de nubes resultó un obstáculo, se determinó que solo había 80 noches diáfanas al año, por lo que el trabajo de catalogar las estrellas se redujo a ubicar 200 al mes. Sobre todo, la lejanía, el “Observador”, el astrónomo que trabajaba allí lo hacía con su familia.
Estaba sin atención médica, sin radio y sin movilidad y el correo llegaba cada 15 días. Recién a fines de la década del 60 el gobierno de la provincia de Santa Cruz donó a la Estación una Pickup para el astrónomo. Sin embargo, el aislamiento sometió a duras pruebas físicas y mentales a los cinco astrónomos que trabajaron -se relevaban- hasta el cierre del complejo en 1973. El telescopio regresó a La Plata y el edificio quedó abandonado.
La crudeza del propio clima, mucho sol y viento en verano, frío y hielo en invierno, y el vandalismo de curiosos hicieron que la casa del astrónomo se convirtiera en tapera, al igual que las demás construcciones. “El tío fue quien reconstruyó todo”, dice Soto. En 1998 el lonco Ramón Epulef volvió habitable la casa y mantuvo la cúpula y su interior. Allí crio sus animales y vivió con su familia. “Fue la única persona que lo cuidó”, cuenta Soto.
En 2009 entró a la Comisión de Cultura, Ciencia y Tecnología de la Cámara de Diputados un proyecto para declarar el observatorio “Monumento Histórico Nacional”, al día de la fecha no hay noticias de avances del expediente.
Tomando ese legado, una vez fallecido en 2023, la familia continuó cuidando la tierra y las instalaciones. En vida al lonco el gobierno de Santa Cruz le dio “la usucapión”, después de cumplir veinte años de posesión de las tierras. “Yo vengo a defender este patrimonio que fue importante para la historia de la astronomía argentina”, afirma Soto. “También los derechos del tío, que aquí eligió vivir”, confiesa su sobrino mirando el cerro donde está su tumba.
“Abro todos los días las tranqueras para que se acerquen los turistas”, dice Soto. Pero su presencia ha inquietado a algunos y el pasado octubre sufrió el incendio de la casa donde muchos años atrás vivían los astrónomos, y que su tío con tanto esfuerzo restauró. El hecho lo preocupa. “Hice las denuncias correspondientes”, dice. Una antena de Starlink lo conecta con el mundo. Tres pantallas solares le permiten usar su celular algunas horas por día. Dos perros le hacen compañía.
“Cuando estoy solo me conecto con el universo”, dice Soto, reflexivo. “Necesitamos recuperar la oscuridad y la calma”, agrega. No le preocupan las cosas materiales. Arroz, fideos y algún pedazo de carne no le faltan. “Lo que yo vine a hacer fue una búsqueda introspectiva, espiritual, siento que la civilización está colapsando y debemos detener esto”, sostiene. No pierde el asombro por la belleza: “El otro día ocurrió algo maravilloso, salía la luna llena y en el otro lado del cielo se escondía el sol, fue hermoso”, asegura emocionado.
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