Félix Jiménez

Buscapie

Por Félix Jiménez
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Días sin abrazos

Se ha convertido en nuestro amante perpetuo. Ya mucho antes de que COVID llegara y trastocara y destruyera vidas y presentes, andábamos y salíamos con él todo el tiempo.

Ya ahora es el índice de nuestros cambios.

El teléfono, el que odié sin razón cuando adolescente y luego, un poco más tarde, amé con desmesurada pasión, se ha instalado como el único ser – tecnológico o humano – que se puede tocar, abrazar, llevar a la sala, acostar en la cama, acurrucar. Y que te trae de vuelta las sonrisas y los cuerpos que hace tiempo no ves y te hacen falta.

Nos propone reconocernos y desconocernos en – y quién sabe si quizás después de – esta mudez de toques, de abrazos, de ojos que buscan la cercanía intensa de lo sabido, los descubrimientos de lo desconocido.

Y así se habla, pero más que todo se habla para ver, para contemplar con placer lo que más te hace falta, los que más te hacen falta. Y aceptar que después de meses somos otros, pero aun somos los mismos.

Cuántos abrazos interminables no han comenzado con la visión de una sonrisa de esa cara que lejos te demuestra lo que te está extrañando. Tú lo que quieres es apretar en silencio la esencia que se destila por la pequeña pantalla que, ante todo, es un salvavidas que acerca al menos las visiones del amor y la amistad. Es un deleite este ver y escuchar, pero sigue siendo un simulacro de cercanías.

Todos lo sabemos.

Los otros días me comuniqué con un querido amigo en Brooklyn. Llegaban las voces. Las distancias las recogía y casi las eliminaba el aparato. Casi. Pero ya no es solo la distancia. Es el tiempo que se ha pasado sin el contacto humano. Todos los días.

Y uno se acostumbra a no acostumbrarse.

Cada mañana es lo primero que pasa por la mente, el recuerdo de las ausencias. Recordarlas, Escribirlas. Combatirlas con las palabras y los números.

Hoy, según mi cuenta, llevamos 98 días sin abrazos.


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