Eduardo Lalo
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El PNP

El primer recuerdo que tengo del Partido Nuevo Progresista se retrotrae al día de las elecciones de 1968. Tenía menos de diez años y ningún interés por la política. Ese día histórico, en que terminaba el largo dominio del Partido Popular Democrático, fue vivido desde la indiferencia. La memoria de esa jornada se formó porque en una de mis idas y venidas al parque que quedaba al final de la calle, mientras en la casa los adultos seguían los resultados por televisión, un amigo se entusiasmó con la victoria y me comunicó que él “era PNP”. El niño tenía mi edad y como yo entendería poco o nada de lo que ocurría, pero ya a esa corta edad sus padres le habían inculcado esa seña de identidad: se era PNP como se era zurdo, asmático o primo de los Sánchez de Corozal, es decir de manera inocultable y fatal. Aparentemente, ese día “ser PNP” proveía una novel satisfacción, la de la victoria total.

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