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Los “aprendices”

¿Acaso un debate como el de Donald Trump y Joe Biden no es un anuncio o una advertencia, sino una muestra concreta y actual de una decadencia que no se aproxima, sino que ya se manifestó?, se pregunta el escritor Eduardo Lalo

6 de julio de 2024 - 1:00 AM

Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del autor y no reflejan las opiniones y creencias de El Nuevo Día o sus afiliados.

Según se informa, más de 50 millones de estadounidenses lo vieron. En mi caso, fue la primera vez que estuve dispuesto a dedicar tiempo a ver un debate entre candidatos a la presidencia de Estados Unidos. Si soy honesto conmigo mismo, lo hice por morbo, con la expectativa de asistir al escándalo y el ridículo. Estoy seguro de que muchísimos millones de televidentes en muchas partes del mundo hicieron lo mismo. ¿O es que se podía tomar a los contendientes con alguna seriedad?

Trump, quién lo hubiera dicho hace tan solo unos años, es el candidato del Partido Republicano por tercera elección consecutiva y el dueño y señor (y, habría que añadir, transformador) de ese partido. Ha podido hacer y decir públicamente lo inimaginable. Ha atacado a sus correligionarios y a sus opositores por igual, sin otra consideración que su beneficio y la del movimiento que él lidera. Ha marginado a los dinosaurios de su partido, a grises expresidentes y antiguos detentores de los más altos puestos, convirtiéndolos en caricaturas obsoletas.

Siendo un privilegiado de toda la vida, ha sabido atacar los puntos sensibles, de otros privilegiados del sistema económico y político, que han pretendido pasar como hombres y mujeres de pueblo. Paladín de las más abyectas causas, acaba de ver con beneplácito hace unos días cómo los jueces del Tribunal Supremo estadounidense le pagan en especie el haberlos puesto allí, con la decisión que básicamente le concede a él y los que le sucedan en el cargo de presidente, una inmunidad sin límites.

El autor comenta que Donald Trump es soez, maleducado, violento, monolingüe, hipócrita de dimensiones inimaginadas, bocón, hillbilly de Quinta Avenida y peligroso.
El autor comenta que Donald Trump es soez, maleducado, violento, monolingüe, hipócrita de dimensiones inimaginadas, bocón, hillbilly de Quinta Avenida y peligroso. (PETER FOLEY)

Soez, maleducado, violento, monolingüe, hipócrita de dimensiones inimaginadas, bocón, hillbilly de Quinta Avenida, peligroso, pero con una habilidad desmedida para atraer a los estadounidenses que comparten con él los horrores de estas cualidades, este es el político mayor de ese país en lo que va de este siglo.

Como hace cuatro años, nuevamente, vuelve a estar inmovilizado tras un podio Joe Biden. Hijo de un estado que no pincha ni corta, no ha sido en la vida otra cosa que político. Desde 1972 estuvo en el Congreso y desde 1987 trató de llegar a la presidencia. No sabe cómo se abren las puertas, porque hace más de medio siglo que se las abren todas.

En el extensísimo periodo en que ha sido profesional de la política, ha respaldado numerosas invasiones, encarcelaciones y torturas (Guantánamo y las prisiones clandestinas en Polonia, Egipto, etc.), golpes de estado que comenzaron para él con el de Chile en 1973 y tuvo relación directa con el agravamiento de otras catástrofes como las muy recientes en Afganistán, Ucrania y la Franja de Gaza, que han ocurrido durante su mandato presidencial.

Su pensamiento, aparentemente, se limita a la repetición de una frase: “Here’s the deal...” A la que sigue una reducción máxima de posibilidades. Biden es una masacre constante de la imaginación.

Sin embargo, todos estos asuntos no pasan de ser circunstanciales, si se toma en cuenta la edad y condición de los contendores. El mundo asistió a un diálogo demencial y grotesco, en el que un hombre obeso, a poco de cumplir sus 80, debatía con un anciano de 82 con evidentes dificultades para caminar y hablar, sobre quién era capaz de golpear más lejos una bola de golf. En un asilo de ancianos, donde la cotidianidad de los cuerpos y las mentes imponen una relación más sana con la realidad, este diálogo resultaría imposible excepto entre los que, por desgracia, ya perdieron sus capacidades.

No sé si no nos damos cuenta de lo que se manifiesta ante nosotros. Han descendido tanto las capacidades de las personas que están a cargo de tantas cosas, que se ha normalizado la desposesión de competencias, aptitudes y disposiciones. En realidad, muchos también han perdido la posibilidad de evaluarlas. La generalización del denominador común más bajo lo arropa todo.

¿Alguien considera la relación directa de la educación con Trump y sus favorecedores? Hace unos años, en un punto álgido de la pandemia de COVID-19, que mató a más de un millón de estadounidenses, Trump propuso la utilización de una sustancia tóxica que se usaba para matar parásitos en las peceras. Hubo muertos porque existieron quienes siguieron las sugerencias de su líder.

Como en tantas otras cosas, Estados Unidos crea tendencias en el mundo. Un estudio reciente mostró, que, por primera vez en un siglo, un número muy sustancial de los jóvenes que se gradúan de escuela superior en ese país, carecen de deseo de matricularse en universidades. La llegada acelerada de nuevos desarrollos tecnológicos como los de la Inteligencia Artificial, auguran un nuevo panorama de creciente sustitución de la labor y el pensamiento humanos.

¿Acaso un debate como el de Trump y Biden no es un anuncio o una advertencia, sino una muestra concreta y actual de una decadencia que no se aproxima, sino que ya se manifestó? ¿Acaso educarse o no comienza a carecer de importancia, en el marco de estados políticos que prefieren la existencia de consumidores a la de ciudadanos?

Esbozar cualquier respuesta a estas preguntas produce vértigo.

Hace unos días dos hombres muy mayores hablaron como si en sus largas vidas no se hubiera producido una sola duda. El Estados Unidos que esbozaron tiene la envergadura conceptual de aquellas leyendas que nos imponían en primer grado sobre un George Washington que no podía mentir. Todo es mitológico y exageración. Un relato que siempre deja fuera los crímenes de los que se ha sido partícipe o cómplice.

En el momento en que escribo, los últimos sondeos muestran un aumento sustancial entre los electores dispuestos a respaldar al candidato que es un criminal convicto. Simultáneamente, Biden y los suyos, con su habitual egocentrismo, en una orgía de orgullo mal concebido, se empecinan en que continúe siendo candidato. Esto es lo que se ofrece a sí misma esa nación. Parece un chiste y es una pesadilla.

Joe Biden, recuerda el autor, ha respaldado numerosas invasiones, encarcelaciones y torturas, golpes de estado que comenzaron para él con el de Chile en 1973 y tuvo relación directa con el agravamiento de otras catástrofes como las muy recientes en Afganistán, Ucrania y la Franja de Gaza.
Joe Biden, recuerda el autor, ha respaldado numerosas invasiones, encarcelaciones y torturas, golpes de estado que comenzaron para él con el de Chile en 1973 y tuvo relación directa con el agravamiento de otras catástrofes como las muy recientes en Afganistán, Ucrania y la Franja de Gaza. (Ken Cedeno / POOL)

Dos ancianos que aparentemente no pudieron aprender una sola lección que contradijera las imágenes irreales de sí mismos y de su país. Biden fue en el debate la imagen misma de su patetismo, pero ¿quién cuestionó en el Partido Republicano la candidatura del convicto ensartador de mentiras, del monotemático fijado en los presuntos males traídos por los emigrantes? El racismo, el clasismo, el sexismo, el primitivismo racional de este ser quedaron sin ser confrontados, sin ni siquiera ser reconocidos.

Detrás de todo esto permanece como una evidencia que hasta el momento casi todos rehúyen: la decadencia y creciente obsolescencia del bipartidismo norteamericano.

Biden y Trump parecen ancianos que no se han dado cuenta de nada. Son aprendices de una humanidad que a lo largo de sus vidas les pasó por el cuerpo. El caso 1 repite sin cesar “Here’s the deal” y el caso 2 el “We are doing an excellent job.”

Piénselo por un instante e imagínese querido lector diciendo a su pareja o uno de sus hijos esas dos frases. Sí, esa escena espantosa que le vino a la cabeza, es el tamaño real de la catástrofe.

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