


En 1985 viajé a Nueva York para escribir una crónica sobre el Desfile Puertorriqueño. Era joven; aún. Nunca fui revolucionario; me las daba de irónico y escéptico. Pero pensaba que el desfile puertorriqueño era un esfuerzo comunitario del South Bronx y El Barrio. Pronto me di cuenta al conocer a los “poverty pimps” de la vivienda, los viejos boliteros boricuas en la empleomanía de la mafia italiana, los “godfathers” de las comunidades boricuas, que el Desfile era Big Business, la “puertorriqueñidad” del Desfile una “marca” para ser vendida a un pueblo y un cronista incautos. Luego, en el Desfile propiamente, allí mismo en el Parque Central, vi chamaquitos puertorriqueños inyectándose tecata, la marginalidad boricua apropiándose de la Quinta Avenida, en una especie de Carnaval, el asalto por la comunidad más marginada y pobre de los espacios del poder, el lujo y el dinero, la afamada Quinta Avenida. No escribí aquella crónica. Escribí una especie de metáfora y alegoría traducida al inglés para el Village Voice. Era un escrito triunfalista y a la vez falso. Lo visto dolía demasiado para ser escrito desde de la banda acá, como turista de la aún innombrada “diáspora”.

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