Edgardo Rodríguez Juliá
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Los marcianos llegaron ya

La presencia acechante de la muerte —estado invariable de cualquier plaga— desemboca en la irracionalidad y, cuando no, en la irresponsabilidad. Siempre existe ese latente ¡que se joda!

En el medioevo la plaga significaba un estado excepcional en que la muerte acuciante provocaba un pietismo histérico lo mismo que una especie de carnaval: la guadaña galopante de la muerte servía, a la vez, como “memento mori” e incitación a la irresponsabilidad, la lujuria, el desenfreno sexual. Era licencia para todo, el prudente “distanciamiento social” de Fauci a la inversa.

Los cuentos de Boccaccio en El Decamerón tuvieron como trasfondo la peste bubónica del 1348 en Florencia. La sinuosa intención erótica de muchos de los cuentos testimonia ese tema del “carpe diem”: gózate el día de hoy porque mañana estarás muerto. Aún en plagas modernas, como la tuberculosis, se conserva esa idea de que los tiempos de la enfermedad conducen a una exacerbada fiebre sexual; es esta una de las señas del sanatorio en la novela de Thomas Mann La montaña mágica. En Muerte en Venecia este mismo autor obliga a su personaje Aschenbach a permanecer en Venecia durante un “siroco” que desemboca en la peste; el equilibrado y consagrado escritor le sigue los pasos a un adolescente de quien se ha enamorado. Algo que puntualiza Camus en su novela La peste es cómo al final de la plaga existe el velado deseo de olvidarlo todo. Es como si la irracionalidad y la irresponsabilidad que trajo la peste nos avergonzara.

Además del desenfreno sexual que podemos suponer como violación voluntariosa del distanciamiento social a la Fauci —estoy muy viejo para reparar en eso—, esta pandemia ha traído, con el auxilio de las “redes sociales” y el internet, la otra consecuencia de cualquier peste, es decir, la rampante y consecuente irracionalidad. Las llamadas “teorías conspirativas” son el mejor ejemplo: experimentos en la Fundación Gates con los coronavirus están encaminados a que Bill Gates termine dominando el mundo, convertido en su “presidente”, mediante la vigilancia electrónica. Esta teoría Dr. No resulta irónica dada la entrega del multimillonario a buenas causas como acabar con las enfermedades infecciosas en el tercer mundo, la creación de nuevos modelos de salubridad pública, como el diseño de inodoros capaces de disponer de las heces fecales en comunidades sin alcantarillado. ¡Cría cuervos! De ahí pasamos a teorías conspirativas más ideológicas, como aquella de que fue la China comunista, en un ultra conocido laboratorio de Wuhan, quien desató esta plaga —accidental o maliciosamente, está por verse— sobre el mundo entero. ¿Qué interés tendrán los chinos en acabar con sus consumidores globales? Pasamos a una de las más descabelladas: el virus fue creado por la instalación de la red de comunicación digital ultra rápida conocida como 5G. Muchos “influencers” ingleses han sido iluminados partidarios de esta teoría, disfrazada de ciencia, como para impresionar a los más incrédulos.

O, mejor, el virus fue creado por esos enemigos que nos acompañan desde los años cuarenta, los marcianos, los “aliens” de Steven Spielberg y Ridley Scott. Los extraterrestres necesitan “espacio vital” y han decidido despojar el planeta tierra del homo sapiens mediante el COVID-19, así como los nazis necesitaban exterminar eslavos, judíos y latinoamericanos, las razas inferiores. Los defensores de esta teoría, Robert Bigelow entre otros —¡contratista de la NASA! — hablan de la actual presencia de “ellos” entre nosotros. ¡Los aliens llegaron ya!

Ya olvidé quién dijo que “un loco es alguien que ha perdido todo menos la razón” o, como en el caso que sigue, el sentido común: Un “celebrity doctor”, el virólogo Didier Raoult, radicado en Marsella, director de un laboratorio de fama mundial, se empeña en probar que el medicamento hidroxicloroquina es capaz de curar el COVID-19. Se desprestigia ante la comunidad científica de su país con unos experimentos chapuceros, cuyos resultados fatulos hace llegar a un notorio teórico de conspiraciones en Silicon Valley. De ahí pasa el “Hydro” a Fox News y termina en la bocaza del presidente Trump, que además de figurarse inyecciones de Lysol como remedio terminal al coronavirus recomienda la hidroxicloroquina como tratamiento preventivo que él mismo sigue. A la manera de Fidel Castro, Trump sabe de todo lo imaginable, quizás desconozca la existencia del doctor francés, quien ya va cobrando los carismas de la disidencia excéntrica: barba canosa y melena descuidadas, coleta, supongo que ya pronto este sexagenario se conseguirá una asistente veinteañera y comenzará una tardía carrera como novelista.

El asesinato de George Floyd provoca una secuela de manifestaciones y saqueos en las principales ciudades de los Estados Unidos. ¡Olvidemos el distanciamiento social, es tiempo de desenfreno, saqueos, protestas justicieras, violencia, carnaval! Los líderes comunitarios de izquierda, de las ciudades donde se han desarrollado actos de violencia y saqueos, culpan a los “supremacistas blancos” de querer restarle legitimidad a las protestas. Son los “otros”, los blancos racistas, que vienen “de afuera”, los responsables de la destrucción. Conspiran para quitarle la razón a nuestra justa causa.

Trump culpa a los “terroristas” de Antifa y amenaza con designarlos como una organización terrorista. Todos los autócratas —de derecha e izquierda— han consagrado con su demagogia esta figura, es decir, la de un “terrorismo” auspiciado por siniestros poderes extranjeros. Su uso por Assad, Maduro, Ortega, Xi Jinping en Hong Kong y Putin en Moscú la ha convertido en la figura retórica preferida de la autocracia mundial. Los manifestantes callejeros —casi siempre jóvenes, estudiantes universitarios— son ¡terroristas! De nuevo, y evocando los años del macartismo anticomunista, se teme que el cuerpo político ha sido infectado por un virus extranjero, nocivo y malsano, que debemos erradicar.

Como el último regalito de las teorías conspirativas mediante las “redes sociales”, ahí están los llamados “Boogaloo”, que a lo que más se parecen es a los “chalecos amarillos” franceses. Son jóvenes agrupados mediante la mogolla de las redes sociales y el Facebook: se proclaman de izquierda, muchos de derecha, todos se reconocen como anarquistas anti- establishment y anti-estado, son defensores algunos de las comunidades afroamericanas, otros de los nazis que desfilaron en Charlottesville. Para algunos podrían ser “trolls”, monigotes Facebook de Putin, como el movimiento anti-Wall Street de hace unos años. Por ahora los une el gusto por blandir en público sus armas largas, carabinas y ametralladoras de asalto militar, lo mismo en las manifestaciones contra la brutalidad policiaca que en las anteriores contra el distanciamiento social. Hicieron su debut mediático en las escalinatas del capitolio de Michigan, armados con sus AK semiautomáticas, vistiendo uniformes con tela de camuflaje y proclamando su ideología “libertaria”.

Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando no el cha cha chá sino el bugalú. Es la danza macabra de cara a las elecciones de noviembre 2020, número del diablo, diache, ahora lo noto, sospechosamente redondo, fatal y redundante.

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