Víctor García San Inocencio
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Corrupción y colonialismo

La crisis de impresentabilidad de la Administración va mucho más allá de la inmadurez, prepotencia, inexperiencia o el desconocimiento que exhibe junto a una incontrolable vulgaridad el gobernador y su gabinete íntimo. Va mucho más allá de las disculpas apagafuegos con pretensión de efecto futuro. Supera igualmente, al examen de conciencia que el gobernador hace de cara a sus ofensas —y a que lo cogieron—La crisis requeriría también un acto de contrición, libre de excusas baladíes, subreclamos de privacidad, o justificatorios a causa de fatiga o estrés. Aun así, es igualmente impresentable la Administración.

Esta impresentabilidad del gobierno—que no se dio silvestre— es producto, aparte de las deficiencias de carácter individuales, de un bochornoso régimen de inferioridad y sometimiento político, donde se priva a priori a los puertorriqueños del elemental derecho a mandarse. La colonia ha impuesto una condición subhumanizante a una nación, a una sociedad y a sus integrantes. Cada uno carga en Puerto Rico una hipoteca existencial contra su libertad y sus derechos humanos por lo que se crea un clima de subvaloración y deshumanización, con todo género de actos violentos que rubrican la inferiorización de la que cuesta mucho escapar.

Agrava el cuadro descrito, que desde un punto de vista formal se asumen cargos electivos y gubernativos para ejercitar migajas de autoridad delegadas por el Imperio. Esa miseria política a la cual nos ha expuesto el coloniaje, que se ratifica cada día con el dictamen del poder plenario territorial del Congreso y de su Junta, está en la médula de la hipercorruptibilidad del gobierno local. Lo anterior no debe leerse como diagnóstico determinista, ni a la manera de una justificación, claro que no. Lo que debe subrayarse es que por su naturaleza espuria, degradante y delictiva, la condición colonial es tóxica, y su medio es mucho más corruptor y corruptible. La colonia es degradante porque degrada lo ciudadano y disuelve al Demos, porque inferioriza, y porque somete a todo un pueblo y a su facsímil de gobierno, al subdesarrolo político bajo la bota de otro pueblo. Cada vez que escucho a un funcionario imperial hablando de la corrupción en Puerto Rico que es real, anhelo ver el día en que los EEUU puedan ser autocríticos, y ver la corrupción que supone tener una colonia. En el caso de los EEUU la vergüenza se multiplica, pues nacieron de una lucha anticolonial hace casi dos siglos y medio.

En todas partes y en las colonias, cierto es —como señalaba José Martí, el Apóstol hemisférico— algunos seres humanos llevan en sí el decoro de muchos otros. También es cierto, que la mayor parte de las personas, no empece a las deformaciones y al atrofiamiento que cargan en su desarrollo ciudadano a causa del colonialismo, son personas buenas y bien intencionadas. Pero hay un ilícito contrato social que se le exige aceptar a quienes nacen y viven en una colonia: el contrato del avasallamiento; el contrato de vivir con dos varas; el contrato de la libertad trunca; de la dicotomía de valores y de la humillación a cambio de un plato de lentejas.

El proceso de degeneración colonial es aluvial, pero puede precipitarse. La avaricia, la explotación, el egoísmo sin controles y su violencia pueden ser acelerantes que desemboquen en una aun mayor y profunda crisis política y moral. Las múltiples quiebras por las que atraviesa Puerto Rico — fiscal, financiera, material, administrativa, social y jurídica— son indicadores poderosos, al igual que la impresentabilidad del gobierno, de un colapso sin precedentes.

Como no se trata de un proceso lineal, ni simétrico, ni proporcional; ciertos eventos, acaso menores en sus contextos, unidos a otros eventos significativos, pueden agudizar el desbarranque. Pienso que ahora sí, estamos en un punto crítico bordeando el precipicio, y para mayores señas, sólo baste con mirar el desahucio reciente —de esta semana— que se ha ganado el gobernador Rosselló del correligionario suyo demócrata, Raúl Grijalva, quien preside el Comité congresional que atiende los asuntos de Puerto Rico, y del cuestionamiento del lado republicano de su contraparte Bishop. Añadidos al señalamiento del líder de la mayoría demócrata en la Cámara. Mientras, desde el Senado, el republicano Marco Rubio, formula iguales preocupaciones. Pueden examinarse también, las advertencias de prominentes líderes legislativos y de opinión pública estadounidenses sorprendidos —hipócritamente como Trump— por la corrupción —real— que arrasa en Puerto Rico y a las cúspides de su gobierno.

Se acumulan no solo las quiebras, los desahucios jurídicos del ELA, los desplantes presidenciales, entre otros. Se añade ahora el espectáculo de llamativos casos de corrupción con dinero público y acusaciones federales, corrupción ilícita que ha contribuido al suplicio de cientos de miles de personas vulnerables, quienes ven esfumarse, atrasarse o racionarse los programas de apoyo. Se ve incluso, a un gobernador colonial y a su gabinete parvulario íntimo, situándose trágicamente en el epicentro del ridículo.

Impresiona el desparpajo y la liviandad con la cual ese gabinete de párvulos asume los cercenamientos vitales que se suceden. Es como si viviesen en otro mundo, o como si creyesen además, que imitando los trucos mediáticos de Trump, se saldrán del embudo donde se echa al país, y que arroja a este gobierno por el abismo más profundo de ese embudo.

Todos los que participaron del vulgarchat sin repudiarlo o abandonarlo, han debido renunciar a sus cargos, y quienes no son funcionarios, el gobernador debe sacarlos de su entorno, e impedirles participar del proceso gubernativo a cuyas políticas públicas llenaron de insultos, bajezas, maledicencias, prejuicios, discrimen y deshonra. El gobernador es dueño de su cargo a término, y salvo que no incurra en conducta que de pie a residenciarlo, ni haya voluntad de la mayoría; puede asumir su sentencia civil, desde luego, permaneciendo en su cargo por los próximos dieciocho meses. Como sucederá entre vítores de su falange fanática y devoradora.

Debe considerar el gobernador, que los desplantes de los americanos aumentarán, que enviarán síndicos y procónsules, que las manifestaciones de afecto del pueblo, si las hubo, desaparecerán; que los cohetes caerán con más frecuencia y mucho más cerca —más cerca que en la Jefatura de sus dos programas y agencias insignia— y que le espera tristemente, no sólo un gobierno sin poder, ni autoridad; un conato de administración sin autoridad moral. Perseguido por las páginas del vulgarchat, por los escándalos que se taponan en fiscalía federal; despreciado por la Junta; despojado de la apariencia de poder, de autoridad real y moral, podrían ser estos diecisiete meses que restan del cuatrienio, tan largos como cien años de soledad.

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