


En el último capítulo de “La guerra del fin del mundo”, de Mario Vargas Llosa, el Enano cuenta las fechorías de un asesino en serie frente a la audiencia de los seguidores del Consejero. El Enano, además de ser un contador de historias natural, que se unió al líder mesiánico buscando que Dios le concediera el milagro de ser más alto, llevaba años contando, de pueblo en pueblo, la historia de los asesinatos de Roberto el Diablo. Según su audiencia, el Enano alargaba la historia o la embellecía, o la entristecía, o la acartonaba, o le cambiaba las víctimas (mujeres, embarazadas o niños) para ganarse cada vez más escuchas. Hasta que un día, un sujeto llamado João Abade, le cuestionó al Enano por qué Roberto el Diablo seguía cometiendo crímenes: “¿Era su culpa cometer tantas crueldades? ¿Podía hacer otra cosa? Responde”. El Enano, algo intimidado, le dijo que él no sabía, que eso no estaba en el cuento: “No es mi culpa, no me hagas nada, solo soy el que cuenta la historia”.

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