Edwin Irizarry Mora

Punto de vista

Por Edwin Irizarry Mora
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Debate entre crecimiento y desarrollo económico

Uno de los debates recurrentes en las discusiones entre los economistas ha girado en torno a la diferencia conceptual entre crecimiento y desarrollo económico. Sin ánimo de considerar en este escrito los aspectos fundamentales de tales discusiones, es importante subrayar la confusión que ha existido en Puerto Rico sobre dos procesos que han recibido una enorme atención en la literatura económica a lo largo de décadas.

El crecimiento económico se define como un aumento sostenido en ciertos indicadores o variables; un objetivo en sí mismo para un sinnúmero de países. Dicho objetivo se ha amparado en las proposiciones teóricas esbozadas desde mediados del siglo XVIII hasta el presente, con sus variantes de rigor, producto de las transformaciones sociales, políticas y culturales de cada época. A pesar de que el mejoramiento en las condiciones materiales de vida de la población ha estado implícito en esas proposiciones, tanto la teoría clásica del crecimiento como los enfoques contemporáneos y modernos lo han excluido como meta crucial para la humanidad.

En contraste, desde sus primeros escritos durante la Segunda Guerra Mundial, los pioneros de la teoría del desarrollo sostuvieron que la finalidad de los sistemas económicos nacionales ha de ser el que todos los seres humanos –sin exclusión de grupo alguno—experimenten una mejoría cuantificable y medible, en sus condiciones de vida. Ello se debe traducir en adelantos sustanciales en nutrición; en logros en salud y educación colectivas; en vivienda adecuada e infraestructura de agua potable, electricidad y demás servicios básicos accesibles al universo poblacional; y en incrementos en todas y cada una de las variables cuantitativas y cualitativas que se manifiesten en una población sana física y emocionalmente, incluyendo el desarrollo pleno de sus sistemas políticos, el gozo de libertades civiles y la participación de su gente en todos los procesos que tienen que ver con su futuro.

Esto significa que el desarrollo económico es un concepto abarcador, extenso y mucho más complejo que el mero aumento en ciertas variables macroeconómicas, como se define el crecimiento.

Por eso, y a modo de ejemplo, la construcción de un edificio, de una carretera, o de una fábrica, aunque suponen que contribuirán a levantar el nivel de vida de los habitantes de una nación, no garantizan la puesta en marcha de un proceso de desarrollo. Y es ahí donde la diferencia entre el objetivo del crecimiento y el logro del desarrollo pleno se tornan más que evidentes. Por supuesto, esto no sugiere que ambos procesos sean mutuamente excluyentes; por el contrario, si se articulan tomando en cuenta las necesidades básicas de la población y las metas y aspiraciones colectivas legítimas, el crecimiento y el desarrollo económico pueden ser –lo han sido en varios contextos—perfectamente compatibles y armoniosos.

¿En dónde estamos en Puerto Rico si examinamos detenidamente cómo se han manifestado estos procesos en nuestra historia? Ciertamente, la confusión en el uso de los conceptos ha sido la orden del día a lo largo de muchos años. A los administradores de turno de la colonia les ha encantado aludir al “gran desarrollo” que hemos experimentado gracias a sus gestiones. Cuando tuvimos épocas de crecimiento se hablaba de desarrollo sin aclarar la diferencia fundamental entre el uno y el otro.

Y claro que hubo manifestaciones muy concretas de desarrollo como resultado de las transformaciones socioeconómicas experimentadas durante el periodo de 1941 a 1970. Ello es irrefutable. Sin embargo, concluir que, como consecuencia de tales cambios, Puerto Rico es hoy día un país desarrollado –como se afirma reiteradamente en el discurso oficial—constituye una exageración que le falta a la verdad. Esto y cómo articular un plan nacional de desarrollo, son temas para un próximo escrito.


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