


En Puerto Rico solemos hablar de seguridad, salud y desarrollo económico como si fueran temas separados de lo que ocurre en nuestras calles. Sin embargo, basta mirar alrededor para notar una realidad incómoda: los animales callejeros —principalmente perros y gatos— se han convertido en parte del paisaje cotidiano. No es solo una imagen que lastima, es reflejo social de cómo estamos como país, de la normalización del abandono, de la escasez de recursos y de la ausencia de respuestas estructurales sostenidas para atender poblaciones vulnerables, humanas y no humanas.

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