Antonio Quiñones Calderón

Punto de vista

Por Antonio Quiñones Calderón
💬

El COVID-19 y la falacia del poder

Todo el poder económico, personal, social y político de tan fatuo alarde, ¿de qué ha servido en estos aciagos días, abrumados por la fragilidad humana?

El voraz afán por la acumulación de riqueza excesiva –bien o mal habida– para compensar deficiencias psicológicas, ¿cómo ha ayudado en estos momentos de absoluta impotencia personal y colectiva? ¿Nos hemos percatado, o no, en el encierro hogareño, de que no necesitábamos poseer tanto, y gastar tanto, para disfrutar una buena convivencia familiar sin que falte lo imprescindible?

La falsa sensación de superioridad –sobre el vecino, el compañero de trabajo, el empleado que nos acerca el artículo, el alimento, o ayuda en la tarea doméstica–, centrada esa vanidosa superioridad en la posesión de bienes materiales exhibidos con tanta petulancia, ¿qué mano nos está prestando ahora para eximirnos de la tormenta que ha puesto a la deriva el único bote en que remamos todos, sin distinción de clase, ricos y pobres, blancos y negros, “dueños del mundo” y desheredados de fortuna?

Si no aprendimos la lección –o la olvidamos rápido– de la tragedia del huracán de 2017 que, casi como un cataclismo, detuvo nuestras vidas y nos convirtió, por lo visto solo momentáneamente, en “hermanos”; si no atendimos el mensaje del terremoto y los temblores en el área suroeste, vemos que ahora nos hemos dado de frente con el fenómeno de un “insignificante” microorganismo invisible que ha apabullado nuestra placentera “superior visibilidad?”

Cuando, con la gracia del Buen Dios y las maravillas de la ciencia hayamos superado esta crisis; cuando concluya el vacío desolador que nos debe obligar a reconocer nuestra personal pequeñez, ¿no deberíamos acoger como agenda de vida futura (de vida buena, que es distinta y superior a la buena vida), la esplendorosa admonición del papa Francisco: descubrir que los seres humanos no podemos seguir cada uno por su cuenta, sino solo juntos, y que nadie se salva solo?

Que sea esa agenda de vida, una de compasión con el más vulnerable; de la búsqueda del bien común; del camino hacia la comprensión humana. Inclúyase en esa agenda, no distraernos con las cosas banales, intrascendentales; entender que la saga de los “rich and famous” es, además de efímera y cambiante, cosa de libretos de películas; manifestar cada puertorriqueño un espíritu de solidaridad colectiva, y los gobernantes –los de hoy y los del futuro– un compromiso de compasión y transparencia en toda su gestión, y de respeto a todos sus representados. Que sea una feliz renovación humana.

Obligados por la nueva realidad mundial, sustituyamos el caluroso apretón de manos y el abrazo, tan puertorriqueños, con un nuevo mensaje de convivencia colectiva diciendo: “salud, amigo; salud, hermano”.  

Dramatiza y puntualiza esta reflexión, la oración que, con profunda conciencia, elevó la hija de António Vieiria Montero, el hombre más rico de Portugal y presidente allí del Banco Santander, tras la muerte de su padre el pasado marzo, víctima del coronavirus: “Somos una familia millonaria, pero mi papá murió solo y sofocado buscando algo tan simple (y gratuito) como el aire. El dinero se quedó en casa”.

¡Salud, amigo; salud, hermano!


Otras columnas de Antonio Quiñones Calderón

lunes, 1 de junio de 2020

Los alquimistas del llamado ELA

La decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos anunciada hoy, lunes, reafirma la facultad indiscutible del Congreso para legislar todo cuanto entienda con respecto a sus territorios, escribe Antonio Quiñones Calderón

miércoles, 20 de mayo de 2020

Cadáveres exquisitos y virus productivos

Angustia el espíritu tomar nota de que estemos rodeados en nuestro patio de personajes que celebran, en una manifestación de absoluta barbarie, la “productividad” del letal virus, escribe Antonio Quiñones Calderón

jueves, 30 de abril de 2020

Emergencia y estatus son compatibles

El congresista Raúl Grijalva ha puesto el dedo en la llaga al apuntar que la emergencia de la pandemia ha retrasado su agenda para revisar la colonial ley federal Promesa, escribe Antonio Quiñones Calderón