


Durante décadas, Puerto Rico ha vivido bajo una promesa que no termina de cumplirse: la promesa del desarrollo económico. Cada cuatro años se presentan nuevos planes estratégicos, se anuncian inversiones millonarias, se inauguran proyectos de infraestructura, se vociferan los beneficios del código de incentivos, y se crean nuevas iniciativas gubernamentales. Sin embargo, la realidad es obstinada. La economía se contrae, la población disminuye, miles de jóvenes abandonan nuestro país y la dependencia del gobierno continúa aumentando. Es inevitable preguntarse si, en lugar de desarrollar al país, hemos perfeccionado el desarrollo del subdesarrollo.

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