


Mi padre falleció en el solsticio de invierno, el día más corto y la noche más larga del año. En las culturas antiguas, este período simbolizaba la muerte y el renacer del sol; era, por lo tanto, un tiempo de promesa. El hecho de que su partida coincidiera con tal evento me inspiró a creer que, aunque esa noche mi papá dejó su cuerpo, también renació dentro de mí. Sus sueños, su sentido del humor e incluso sus preocupaciones me dominaron. El período de duelo —un proceso inherentemente trágico— resultó ser una oportunidad para adentrarme en su imagen.

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