José A. Fusté

Punto de vista

Por José A. Fusté
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La culpa no es solo del gobierno federal

El pasado 26 de diciembre, Ángel Collado Schwarz comentó aquí sobre el nivel de inseguridad pública en que vivimos. Es cierto que la tasa de asesinatos en Puerto Rico es altísima. Vergüenza colectiva. Treinta asesinatos por cada cien mil residentes supera cuatro veces la cifra en los estados federados e iguala la de México. 

Cierto es que tenemos la corona mundial: el trofeo de países con más muertes violentas con armas de fuego. Como Collado Schwarz señala, en 2016, el 79 por ciento de los asesinatos fueron perpetrados con armas de fuego. 

En Venezuela, donde reina un desmadre social y político, la incidencia alcanzó el 78 por ciento. Mientras, en Brasil, Colombia y Estados Unidos la estadística llegó a menos, el 63 por ciento cada uno. Ocho de cada diez de nuestras muertes violentas fueron a tiro limpio. 

Cierto es que la quiebra económica contribuye a esta sangrienta realidad y cierto es que al poder federal en Washington D.C. poco le importa lo que sucede aquí, pues somos una colonia con la corbata de un supuesto pacto con la urbe federal. 

Por experiencia, y porque lo viví por tres décadas, sé que son contadas las armas legales utilizadas en estas matanzas. La proliferación de armas ilegales es inmensa. No recuerdo un solo caso de matanzas atendido por mí en el cual las armas utilizadas para asesinar indiscriminadamente estuvieran registradas legalmente aquí o a nivel federal.

Estoy en medio desacuerdo con la conclusión de que la culpa sea solo del gobierno federal. La culpa es una gran huérfana y se le achaca al que mejor convenga. Reflexionemos entonces sobre lo que he de expresar. 

Este pueblo nuestro ha perdido el norte en el campo de los valores. La vida humana aquí parece no valer nada. Aquí se asesina impunemente y cuando nos enteramos, quizás desayunando, al escuchar o leer las noticias, no se siente repulsión porque estamos condicionados a que el derramamiento de sangre no conflige con la digestión. No se nos vira el estómago de horror pues es ya pan de cada día.

Son puertorriqueños los que fungen como comerciantes de armas ilegales. Las adquieren en los estados y en el extranjero y las envían por correo en piezas o las ocultan en envíos con etiquetas de procedencia falsa. Recuerdo un envío que provenía supuestamente de “Lands End”. Aquí se venden municiones y armas ilegales como pan caliente. Recuerdo el caso de un armero que aceptó con gran desfachatez haber vendido cinco mil balas AR-15, sin importarle que era obvio que se las vendía al por mayor a un criminal que las colocaba al detal y a sobreprecio.

Aquí no se respeta la vida. No se respeta la propiedad ajena -nos robamos, si nos dejan, hasta “los clavos de la cruz”. Así vivimos, cortando esquinas, traqueteando, engañando y descartando la esencia de los valores de respeto a la dignidad de la vida. De eso no tienen la culpa los federales. Es culpa nuestra, y solo nosotros, los puertorriqueños, podemos cambiar el curso de estos males.

La solución comienza con aceptar la gran desigualdad que existe aquí. Salga usted de la burbuja de su urbanización cerrada y viaje por la isla. La pobreza y la falta de oportunidades son obvias. Hasta los panteones hoy tienen rejas y eso dice mucho del estado de nuestra sociedad. Hay que revivir los valores espirituales. Se ha de buscar el mejor balance de estos valores y su coincidencia con los verdaderos valores sociales casi perdidos. Por supuesto, nuestro sistema de justicia tiene que reinventarse. La impunidad que reina es mala cosa e induce a peores males. 

Que en este Año Nuevo se mueva la conciencia colectiva para que comprendamos que muchos de los problemas que nos aquejan son de nuestra propia creación. No hay Junta de Control Fiscal o agencia pública que resuelva esto sin nuestra cooperación. Hay que ajustarse la correa y tirar hacia adelante para atajar la multitud de problemas que nos aquejan. Piensen bien esto. Solo nosotros podemos lograr un Puerto Rico mejor, antes que nos acabemos de caer por el barranco que a poca distancia nos espera.








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