


La sola mención de una posible intervención de Estados Unidos en Groenlandia debería estremecer a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). No se trata de una teoría conspirativa, sino de un síntoma: cuando el actor principal de una alianza militar contempla presionar o intervenir un territorio perteneciente a un socio, algo esencial se ha roto. Groenlandia es parte del Reino de Dinamarca, miembro fundador de la OTAN. Si el garante de la “defensa colectiva” amenaza, directa o indirectamente, la soberanía de un aliado, la pregunta es inevitable: ¿a quién protege realmente la OTAN?

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