Mayra Rosario Urrutia

Punto de vista

Por Mayra Rosario Urrutia
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La pandemia de influenza en Puerto Rico: 1918-1919

Uno de los eventos que impactó el panorama económico y sociocultural de Puerto Rico en 1918 fue la llegada e impacto de la pandemia de influenza

La primera etapa local de la epidemia, considerada “benigna” y causada por el virus AH1N1, se ubica desde mediados de junio de 1918 hasta finales de septiembre.  Se caracterizó por las confusas versiones sobre cuándo y cómo se había difundido.  

La incertidumbre médica en torno a los diagnósticos explica la dilación para que se identificara como influenza.   Ello se debía a que el dengue o “trancazo” se equiparaba con la misma.   El desconcierto que hubo entre junio hasta parte de octubre explica por qué las muertes a causa de la influenza no se contabilizaron en esos meses. 

La segunda etapa mundial de la pandemia coincidió con el otoño.  Aunque la enfermedad ya había despegado en agosto y comienzos de septiembre en algunos lugares, los meses más devastadores fueron desde octubre hasta parte de diciembre. Especialmente, y contrario a otras epidemias de influenza, la mitad de la mortalidad recayó en adultos jóvenes entre los 20 y 40 años.  

El 28 de septiembre, con el arribo del navío brasilero SS Benavente, llegaron 59 pacientes de influenza de los cuales tres murieron en tierra.  Los otros fueron recluidos en Miraflores (hoy Distrito del Centro de Convenciones) en un cuarentenario. Varios días después, el Campamento Las Casas fue “invadido por la epidemia”.  Luego de las visitas de los familiares, la enfermedad se propagó velozmente.  

Además de la falta de fondos, en Puerto Rico escaseaba el personal médico y la infraestructura para afrontar la rápida difusión. A esos efectos, el gobierno recurrió a entidades benéficas y religiosas para su colaboración material y humanitaria. 

Al concluir la primera guerra mundial el 11 de noviembre, la pandemia se encontraba en su “segunda” y letal etapa mundial.  Los estragos coincidirían con el regreso de los veteranos. En la Isla no faltaron las celebraciones, encuentros y contactos en los que había portadores de la influenza.   En ese mismo mes, además de la difusión, se sintieron los devastadores impactos de San Fermín y del maremoto de octubre, el pánico colectivo, la escasez de comida, de instalaciones médicas, ropa y abrigos.  Para fines del mes, las muertes aumentaban debido a la escasez de alimentos para los enfermos pobres.  El personal de la Cruz Roja se ocupaba en ocasiones de mover a los que vivían en cerros, montañas y otros sitios “remotos”, casi inaccesibles, a los hospitales.  Muchas personas enfermas no podían adquirir las medicinas recetadas. 

El   de diciembre, se ordenó la clausura de escuelas públicas y privadas (con excepción de la Universidad de Puerto Rico y Artes y Oficios), cines, iglesias y sitios de reunión, exceptuando las fábricas.  Se prohibían “los bailes, paradas militares o cualquier acto privado o público que diera lugar a la aglomeración de personas en grado tal que puedan convertirse en focos de contagio”.  Mas no faltaban las aglomeraciones en las filas de compra de leche, donde los asistentes estornudaban y tosían sin tomar precauciones.

La tercera etapa mundial, “benigna” como la primera, fluctuó entre mediados de enero hasta mayo de 1919 en la isla. Los edificios de las escuelas utilizados como hospitales temporeros se desinfectaban y cerraban debido a la disminución de la epidemia.  Para febrero, se extendería por un mes el curso escolar en aquellas escuelas que se habían usado como hospitales. 

En retrospectiva, se calculó la mortalidad en 10,888 personas desde noviembre y la morbilidad hasta las primeras semanas de febrero de 1919 en 261,828 en una isla con 1,258,970 habitantes. Hoy se calcula que, en el Caribe, fallecieron cerca de 100,000 personas y en Estados Unidos alrededor de 675,000. Mundialmente se habla de aproximadamente 50 millones. 

Mas si el paso de la epidemia por la isla fue devastador, no se puede obviar la solidaridad que provocó entre diversos sectores sociales y administrativos, quienes donaron camas y catres, alimentos, leche, sábanas y frisas, dinero y espacios de albergue temporeros.