Hiram Sánchez Martínez
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Las bombas atómicas no son globos de cumpleaños

Era octubre de 1962 —apenas yo comenzaba mi séptimo grado— cuando la llamada “guerra fría” comenzó a calentarse. Aviones-espías norteamericanos descubrieron que Rusia —así le llamábamos a la entonces Unión Soviética— había emplazado secretamente unos misiles con cabezas nucleares en Cuba, a solo 90 millas de las costas de Estados Unidos. El presidente John F. Kennedy, al considerar que los misiles constituían una amenaza real a la seguridad nacional, le pidió a su contraparte soviética, el primer ministro Nikita Kruschev, que los retirara. Kruschev, adoptando la misma actitud que adopta hoy Vladimir Putin, dijo que no, que no los retiraría. Entonces Kennedy, valiéndose de su poderosa flota de guerra, decretó un bloqueo naval a Cuba que impedía que barcos entraran o salieran de esa isla. Nada de sanciones económicas. Así, pues, de la retórica se pasó al dramatismo y comenzaron a sonar los tambores de la Tercera Guerra Mundial.

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