Jorge Schmidt Nieto
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Puerto Rico no es Washington D.C. pero se parece

Puerto Rico apareció como tema obligado luego de que la Cámara de Representantes federal aprobara la estadidad para Washington, D.C. Hay similitudes entre ambos casos, como la falta de representación, pero también hay diferencias, como la identidad nacional.

Taxation without representation, reza el logo de las tablillas de los vehículos de motor en la capital estadounidense, en desafiante referencia al grito de independencia de 1776. También aparece en la bandera. La ciudad se autodefine oficialmente como una colonia de los Estados Unidos de América. Incluso pertenece a la Organización de Naciones y Pueblos No Representados, junto a Tíbet, Timor del Este, Taiwán y Cataluña. La escasa representación sobre sus propios asuntos se extiende al plano político, como se demostró en la movilización militar contra los manifestantes de Black Lives Matter, a pesar de la objeción de la alcaldesa capitalina.

El movimiento estadista en Puerto Rico también reclama una falta de representación, aunque se concentra en los aspectos políticos y jurídicos. Su alegato se fortalecería si desbancaran el mito de que no se pagan impuestos federales en Puerto Rico, presentando ejemplos como las deducciones del Seguro Social y Medicare, así como los impuestos a las telecomunicaciones y los pasajes aéreos. La contribución sobre ingresos es solo una de muchas estrategias posibles para gravar la riqueza de los ciudadanos. En Puerto Rico, como en Washington D.C., hay taxation without representation. Por tanto, le convendría al movimiento estadista puertorriqueño apoyar la estadidad de la capital federal, como hizo la congresista de Islas Vírgenes. Podría extender hacia su propia causa la justificación de D.C., en el momento de su mayor popularidad entre los demás estados. Sin embargo, la polarización partidista del Capitolio federal le impidió a la comisionada residente de Puerto Rico, republicana, patrocinar el proyecto, que solo obtuvo votos demócratas.

El gobierno de la capital federal, como el de Puerto Rico, padece de corrupción, deuda impagable, politización, quiebra y pobreza. Esos problemas representan, en ambos casos, obstáculos formidables para su inclusión como estado. D.C. también se encuentra bajo los poderes plenarios del Congreso, condición confirmada por decisiones de la Corte Suprema. El Congreso federal le suspende a D.C. y a Puerto Rico ocasionalmente el autogobierno que les concede, a su total discreción y justificándolo bajo el manto de la restauración del buen gobierno, que al final nunca llega.

Sin embargo, la población de D.C., contrario a la de Puerto Rico, no debate su identidad nacional. Son estadounidenses, habitantes de un territorio extraído de dos estados fundadores, que forma parte de la unión desde sus comienzos, y que votó por George Washington y John Adams. Sus atletas nose enfrentan al Dream Team, ni producen a un Carlos Arroyo mostrando con orgullo nacionalista su camiseta al vencer al Team USA. Esa diferencia fundamental ha evitado que en Puerto Rico se produzca un consenso a favor de la estadidad, que en D.C. resulta abrumador. Podría materializarse eventualmente, pero no sin antes superar a su favor el debate de la identidad nacional, si realmente es posible.



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