Rosa Delia Meléndez
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Ser madre sin tener una madre

Solo contaba con cuatro años de edad. Era sumamente feliz; una niña muy alegre, cariñosa y extrovertida. Estaba rodeada de mucho amor: el de mis padres, mi hermana, tías, tíos, abuelas y primos.  Ese tiempo aún continúa grabado en mi mente porque me sentía contenta, tenía mucha paz y tranquilidad. Todo marchaba en armonía absoluta. 

Una madrugada desperté escuchando el murmullo de mucha gente. Me alarmé; algo había pasado. Sentí un vacío profundo en mi alma y en mi corazón, y desde ese instante supe que mi vida había cambiado. Solo sé que esa mañana alguien me puso un traje, y luego mi papá me tomó en sus brazos y me llevó ante el féretro de mi mamá. Había fallecido por un cáncer que se había metatizado en su cuerpo. A solo 30 días luego de su diagnóstico, dejó de respirar. Mi mamá tenía tan solo 34 años. 

Ella fue madre, pero no pudo criar como hubiera querido a sus dos hijas. Su vida se tronchó y sus sueños se desvanecieron. Algo parecido nos pasó a mi hermana y a mí. La vida se detuvo y de momento, todo se puso gris. Sentí que mi vida se había partido en pedazos, y experimenté un vacío inexplicable que aún sigue latente. Lo peor de todo es que la gente, sin darse cuenta, me recordaba en todo momento mi gran pérdida, señalándome como una niña huérfana. Para mí era una crueldad y burla, para otros era costumbre; era normal. 

La figura de una madre es insustituible en el mundo. La falta de un abrazo y un beso todos los días, los mimos, sus consejos, el no poder compartir con ella mis logros, alegrías y tristezas aún se recienten en mi corazón.  

Gracias a Dios tuve el mejor de los padres, tías y una mujer santa que me cuidaba durante el día. Todos me guiaron y me dieron herramientas de supervivencia, que me guiaron por el sendero de la vida. De todo este proceso de vida, aprendí una lección: naciste solo y los rumbos de la vida son impredecibles y hay que trabajar con ello. En el camino encontrarás ángeles que te ayudarán en el proceso de aceptar una pérdida y continuar el camino. Mi papá trabajó duro; su legado fue darnos una buena educación. Aunque económicamente fue difícil para él, nos inculcó valores.  

Tengo dos niñas, y la crianza no es tarea fácil. Especialmente, cuando no tuve una madre para emular, por eso me esfuerzo por ser la mejor. Les transmito a mis hijas que debemos respectar a los demás por encima de nuestras creencias. Debemos tratar bien a los demás, aún cuando no recibamos de ellos igual trato. Lo más importante es ser humilde y sencilla. Como madre, les aconsejo a tener la mejor comunicación posible con sus hijos, a darles nuestra comprensión y ser partícipes de sus logros y apoyo en momentos alegres y difíciles.  Enseñarles que hay que ayudar aquel que más lo necesite con cariño, un abrazo o una palabra de aliento.  Así que, sin madre o sin padre, y sin que tengamos muchas herramientas de vida, debemos tener fe y ser optimistas. 

Y por último y no menos importante, es agradecer al Dios Todopoderoso por las cosas buenas y malas. Esto nos ayudará a ser mejores seres humanos y sobrevivir todos los obstáculos que la vida nos depara cada día.


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