Leo Aldridge
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Una gobernadora en comando, por unos minutos

La gobernadora Wanda Vázquez se beneficia por partida doble de las medidas restrictivas que anunció hoy para paliar los contagios del COVID-19. En primer término, la prioridad indiscutible que representa la salud colectiva del país deja rezagados mediáticamente los escándalos de obstrucción a la justicia y manejos turbios de suministros que rodean como moscas a su administración.

En segundo lugar, la ansiedad y miedo que provoca en la población el COVID-19 le permiten a Vázquez, ayudada por las presentaciones de profesionales de la medicina, lucir como una gobernadora en control y al mando que hace lo que se tenga que hacer para proteger la salud de “mi pueblo de Puerto Rico”.

Eso, a menos de un mes de las primarias, no es poca cosa. Tampoco lo es la centenaria táctica de repartir dinero.

El mensaje que ofreció hoy obvió, convenientemente, todo lo relacionado con las campañas políticas. El país sabe, por supuesto, que la gobernadora el lunes instó a los puertorriqueños a usar mascarillas, mantener distanciamiento social y evitar conglomeraciones. Pocos minutos después, estaba haciendo todo lo que dijo que no debíamos hacer.

Su anuncio de hoy de ponerle coto a las actividades multitudinarias – incluyendo potencialmente las políticas – la beneficia directamente. Vázquez, precisamente por ser gobernadora, tiene un acceso mediático que ahora es más importante e impactante que nunca pues el país es, literalmente, una gigantesca audiencia cautiva. Sus contrincantes, dentro y fuera del Partido Nuevo Progresista (PNP), tienen que hacer malabares e inventarse planes y promesas de todo tipo para ver si alguien les hace caso. Ella no.

En lo sustantivo, las medidas anunciadas por la gobernadora son, en términos generales, necesarias. Intentó balancear dos grandes intereses que, lamentablemente, en este momento histórico están reñidos: la salud y la economía. Se aprieta una y se suelta la otra. Es, aunque algunos no lo quieran admitir, una verdadera dicotomía.

Vázquez mencionó los chinchorros, los bares, los restaurantes, los gimnasios y hasta las playas. Pero no atendió dos asuntos puntuales que van a la médula de cómo trabajamos con el COVID-19 en Puerto Rico. En primer lugar, nada dijo sobre las pruebas masivas que debemos hacerle al país. Ahora mismo en la isla no existen suficientes reactivos para que las pruebas moleculares puedan hacerse masivamente. Luego del intento fallido – y potencialmente corrupto – de comprar un millón de pruebas de COVID-19, no se hizo más nada para lidiar con el tema.

En segundo lugar, la gobernadora ignoró el peligro que representa el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín. Si bien es cierto que el gobierno estatal no controla el flujo aéreo, Vázquez podría impartir instrucciones para evitar la combinación tóxica que se da en el aeropuerto: espacios cerrados, aglomeraciones masivas y la imposibilidad del distanciamiento social.

La gobernadora sabe que el empeoramiento del COVID-19 en la isla, por difícil que sea para ella en su gestión administrativa, es un bálsamo político que le permite lucir en control y comando de una isla ansiosa y temerosa. Le permite, asimismo, echar a un lado la atención sobre las investigaciones de naturaleza criminal que la rodean.

Wanda Vázquez, aunque fuera por unos minutos de un mes extremadamente difícil para ella, pasó de ser gobernadora amenazada a gobernadora en comando.

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