


El capitán Nemo no aceptaba libros de economía política en la biblioteca de su submarino. Y ahora entiendo la razón. No se trataba solo de un mero capricho, como las veces que el capitán leía novelas acompañado de cigarros que él mismo preparaba con algas obtenidas del mar, sino que Nemo sostenía que la literatura hablaba más de economía que la economía misma. Si Julio Verne no hubiera matado al capitán Nemo en “La isla misteriosa”, de seguro le hubiera pedido dos cosas: lo primero, que aceptara en su biblioteca varios libros, incluyendo “The Stricken Land”, las memorias de Rexford Tugwell, el último gobernador estadounidense en la isla, solo porque desde su balcón en La Fortaleza se veían los submarinos flotando en la bahía de San Juan, en alerta por cualquier ataque alemán -imagen que le hubiera gustado a Nemo; lo segundo, le hubiera advertido al capitán que ni siquiera se asomara por el libro de David Skeel, “Promise Land”, porque cumple precisamente con la teoría de Nemo de que los libros de economía política, y sus derivados, suelen ser redundantes y narcisistas, es decir que en realidad se escriben para realzar al autor y sus conexiones con el poder. No por casualidad, Skeel cuenta que una tarde el arzobispo lo llamó a su celular para charlar, y dudo que hayan discutido las técnicas bíblicas de cómo sacar a los mercaderes del templo a latigazo limpio.

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