


Lo ocurrido ayer en Puerto Rico constituye, sin lugar a duda, un punto de inflexión para el Partido Nuevo Progresista (PNP). Más que una simple vista legislativa, se trató de un enfrentamiento directo entre el poder senatorial y lo que muchos perciben como el ejercicio fáctico del poder ejecutivo en el gobierno. Esta caracterización no resulta exagerada si se considera, por un lado, la conocida inclinación del presidente del Senado a llevar las prerrogativas de su cargo hasta los límites que permite la doctrina de separación de poderes y, por otro, las reiteradas expresiones de la propia gobernadora al proyectar que ella y Francisco Domenech son “de un mismo pájaro las dos alas”.

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