


Escribir el obituario de Willie Colón es una tarea doblemente dolorosa. Se trata, por un lado, de despedir a uno de los más grandes genios de la salsa, cuya partida marca el fin de una era. Por el otro, es inevitable señalar la profunda contradicción de que un artista capaz de crear tanta belleza y tanta sabrosura fuese también el autor de expresiones que degradaron a miembros de las comunidades a las que, presumiblemente, iba dirigida su música.
A partir de 1969, con su primer disco, “El Malo”, la música de Willie Colón se convirtió en el “soundtrack” de las vidas de miles de personas en Puerto Rico y las Américas (entre las que me incluyo). Crecimos con “Che Che Colé”, con “Barrunto”, con “Ah Ah Oh No” y “El Día de Suerte”. Luego, con “Plástico”, “Oh que será” y tantas otras.
¿Y qué decir de los dos volúmenes de “Asalto navideño”? No hay Navidad en este país sin que suene “Canto a Borinquen” y “Doña Santos”, entre otras canciones que fueron pioneras en su momento, al unir la salsa y la música jíbara.
Willie fue una de las luminarias originales de las Estrellas de Fania, que proyectaron la salsa al mundo entero, y dio el impulso inicial a dos de las más grandes leyendas del género: Héctor Lavoe y Rubén Blades. Grabó álbumes memorables junto a Celia Cruz, Mon Rivera e Ismael Miranda y le “prestó” su sonido a Soledad Bravo y a Sophy, en discos quizá olvidados hoy.
Integró además los violines al género salsero, con la producción de “Periódico de ayer” para Héctor Lavoe, y posteriormente, en su clásico disco “Solo”, de 1979. Con Mon Rivera, unió la plena y la salsa. Y creó la música de un ballet, “El baquiné de Angelitos Negros”.
Como si todo eso no fuese suficiente, probó suerte como cantante y también tuvo éxito. Nadie hubiera dicho que en el trombonista y director de orquesta había además un notable talento para la interpretación vocal, como lo demostró, sobre todo, en el álbum “Fantasmas”, de 1981. Hizo todo lo que se podía hacer.
Por todo ello resulta tan lamentable reconocer que el mismo artista que hizo tanto por aglutinar la identidad de comunidades hispanas y elevar la salsa a nuevos niveles hiciera también, a lo largo de los años, comentarios prejuiciados y desatinados contra mujeres, negros, obreros, políticos y hasta colegas músicos. Algunas de esas expresiones fueron tan groseras que eran difíciles de creer. ¿Fruto de resentimientos y amarguras? Nadie sabe; nadie es perfecto.
Con sus luces y sus sombras, es incuestionable que el Malo del Bronx deja un legado musical eterno, una verdadera escuela de cómo se hace buena música, que seguirá escuchándose, bailándose, siendo motivo de reflexión. Como diría Héctor Lavoe, ahora en el nuevo escenario que desde ayer ambos comparten, “¡Guapea, Willie Colón!”

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