Pedro Ortiz
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Yo también quiero hablar claro

Ante la barbaridad que hizo la noche del lunes el presidente de Estados Unidos, la obispo episcopal de la diócesis de Washington, Mariann Edgar Budde, hizo expresiones que me parece meritorio que se difundan, que se escuchen, que se mediten. Traduzco las expresiones que ella hizo, inmediatamente después de la acción teatral del presidente.  

“Permitan que sea clara. El presidente acaba de usar una Biblia, el texto más sagrado de la tradición judeo-cristiana, y una de las iglesias de mi diócesis sin permiso como telón de fondo para un mensaje totalmente contrario a las enseñanzas de Jesús y todo lo que defienden nuestras iglesias. Y para hacerlo, aprobó el uso de gas lacrimógeno por policías con equipo antimotines para desalojar el patio de la iglesia. Estoy indignada”.

Yo también estoy indignado y también quiero hablar claro.

El detonante de las protestas graves que han sacudido decenas de ciudades de Estados Unidos fue la manera desalmada en que se ha atendido la situación de los pobres por la pandemia del coronavirus. Eso se agravó por el maldito racismo que mantiene enferma a la sociedad norteamericana. George Floyd era un guardia de seguridad al que dejaron sin empleo debido al COVID-19. Floyd llevaba meses sin tener ingresos. Fue a una tienda a comprar un paquete de cigarrillos y cuando pagó, el cajero “pensó” que el billete podía ser falso y llamó a la policía. Tres policías le sirvieron de guardaespaldas al cuarto policía que le aplicó una llave de tortura, de esas que usaron en Puerto Rico para reprimir a los estudiantes en huelga en 2011. Floyd murió asfixiado a la vista de todos.

La rebeldía se apoderó de las calles y llegó hasta Washington DC, donde el presidente se escondió en un bunker subterráneo de la Casa Blanca. De allí salió a protagonizar la bravuconada de caminar hacia la iglesia con la biblia y anunciar que está ordenando la movilización de miles de soldados para aplastar las protestas. El miedo nunca ha sido un buen arquitecto.

La obispo advirtió también que las expresiones del presidente eran contrarias a las enseñanzas que defiende la iglesia.

Es bien importante ese aspecto de la alocución de la obispo. La paz no puede ser el resultado del terror instaurado por una tiranía. La paz tiene que producirse a partir de ser solidario con el dolor de la humanidad. Las creencias religiosas no pueden ser talismanes supersticiosos para librarnos de la consecuencia de dejar sin comida al hambriento, de no romper las cadenas de la opresión.

“Misericordia quiero y no sacrificios”, dice el Señor. Queda establecida una “antítesis” entre la “misericordia” y el “sacrificio”. De manera que, si hay que elegir entre la “ética” (justicia) y el “culto” (religión) lo primero es la ética, la defensa de la justicia y los derechos de cada persona. No tranquilicemos la conciencia con rezos sin principios.  

La verdad es que esta pandemia ha levantado un gran espejo en el que todos en el mundo podemos mirarnos y ver nuestras conciencias. Mirarnos colectivamente y también individualmente. Dejar a los trabajadores sin sustento para que los ricos pudieran esconder en cajas fuertes sus riquezas ha sido un crimen. Torturar y matar a los que las elites consideran inferiores, eso llora ante los ojos de Dios.

¡Yo también estoy indignado!


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