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Dirigir es rejuvenecedor para Julio Toro (semisquare-x3)
Toro ha sido el único dirigente del patio con experiencia en tres selecciones: Puerto Rico, Venezuela y República Dominicana. (André Kang)

Una foto sonriente de su hijo adorna una mesa en el centro de la sala de su apartamento en Isla Verde.

Hace unos meses, Julito ya no está presente en la familia del legendario dirigente de baloncesto, Julio Toro.

El joven, de 30 años, falleció repentinamente en octubre pasado debido a una pulmonía.

Fue una noticia devastadora para Julio Toro y su familia. Y allí, en la sala, Julio recuerda diariamente a su vástago al contemplar su imagen.

“Es la foto más importante”, dice el experimentado técnico de los Cangrejeros de Santurce en el Baloncesto Superior Nacional (BSN) al iniciar la entrevista.

La muerte de Julito golpeó emocionalmente a Toro, pero no lo descarriló de su camino. Golpes de esta magnitud, en ocasiones, paralizan a las personas. La depresión los ahoga y abandonan todo. No es tan sencillo recuperarse.

Toro, sin embargo, creyó que la mejor manera de honrar la memoria de su hijo sería continuar haciendo lo que ha hecho en los últimos 38 años de su vida: pararse en la línea de juego e impartir instrucciones como dirigente. Era algo que a Julito le gustaba ver de su progenitor. Incluso, en una ocasión en Bayamón, lo acompañó como asistente técnico.

Julio Toro guarda memorabilia de su carrera como baloncelista y dirigente. (André Kang)

Arrancó el torneo 2016 del BSN y aquí está de nuevo, Julio Toro en la línea ‘de fuego’ para honrar a su vástago. En diciembre pasado, el veterano entrenador aceptó retornar a la cueva del cangrejo y continuar con su extensa trayectoria en el baloncesto. Una trayectoria exitosa dentro y fuera del país.

Toro, sin duda, representa uno de los rostros del baloncesto puertorriqueño junto a Tuto Marchand, Víctor Mario Pérez, Flor Meléndez, ‘Pachín’ Vicéns, Raymond Dalmau, ‘Piculín’ Ortiz, Teo Cruz, y ‘Quijote Morales’, entre otros.

Fue un jugador ‘promedio’ en la liga superior en más de 10 temporadas, pero se convirtió en una ‘estrella’ como técnico desde su primer torneo en el 1978 con Fajardo hasta el día de hoy. Lo catalogan como el ‘Señor de los Anillos’ en el BSN. Es el dirigente más ganador en la historia del BSN con 12 campeonatos, incluyendo cinco títulos con los Cangrejeros. Es una marca impresionante. Muy difícil de superar. Le sigue Víctor Mario Pérez con cuatro cetros.

Este año, Toro atraviesa su temporada número 31, y antes del inicio de la misma sumaba 530 victorias en la fase regular, solo detrás de Flor Meléndez (574) entre los líderes de triunfos en la historia de la liga.

La figura de Julio Toro, a su vez, ha trascendido más allá de Puerto Rico. Ha sido el único dirigente del patio con experiencia en tres selecciones: Puerto Rico, Venezuela y República Dominicana. Y también el único con apariciones en Juegos Olímpicos con dos países: Puerto Rico (Atenas 2004) y Venezuela (Barcelona 1992). Es un entrenador muy respetado y reconocido en el continente americano con un estilo muy singular a la hora de comunicarse con los jugadores. Algunos lo identifican como el ‘filósofo’ del basket. Tiene 72 años y continúa con hambre de seguir trabajando. Dirigir, según él, es la “fuente de la juventud”.

En pasados días, El Nuevo Día conversó con el padre de otras cuatro hijas y abuelo de ocho nietos y conoció otros aspectos de su vida, incluyendo su formación en  Barrio Obrero en Santurce, su participación en las Fuerzas Armadas, y cómo declinó convertirse en abogado para aspirar a una carrera como entrenador.

END: ¿Cómo puedes describir los días de Julio Toro desde octubre pasado, tras el fallecimiento de tu hijo?

JT: Los puedo describir como ondulante. Llevo una vida como cualquier ser humano, pero con la memoria bien activa, especialmente en las noches, con relación a todas las experiencias que vivimos. Hubo un momento de aceptación de una partida; de una pérdida. Estuve triste y melancólico. Fue una mezcla de emociones que me marcaron, pero siempre con la certeza de sentirme muy tranquilo con mi posición respecto a él y contento con lo que viví a lo largo de su vida y de la mía.

Cada vez que vienes a la sala y ves esa foto de él sonriendo, ¿qué recuerdos vienen a la mente?

Julito fue un ser muy noble y llevadero. No le hacía daño a nadie. Era amigo de los amigos. Y siempre resalto eso en mi mundo de los recuerdos. Siento orgullo y felicidad por haberlo tenido y conocido. Y al pensar en los recuerdos de él, se dibuja una sonrisa en mi rostro.

En ocasiones, hay personas que atraviesan un periodo de dolor tan intenso con la pérdida de un ser querido, que se paralizan y desean dejarlo todo. ¿Durante este proceso, alguna vez pasó por tu mente la idea abandonar el baloncesto?

No. Siempre he pensado que la mejor manera de recordarlo es continuar haciendo lo que me gusta hacer y lo que a él le gustaba verme hacer. Y hay un concepto que dice que todos tenemos la capacidad de trascender cualquier evento que sucede en nuestras vidas y ser aún más fuertes de lo que éramos previamente.

¿Cómo fue tu infancia en Barrio Obrero?

Fue muy alegre. Tan así que éramos felices con cinco centavos en el bolsillo. Fue una niñez muy activa en el deporte callejero. Mi primer canasto fue un árbol de almendras en la plaza de Barrio Obrero. Mi mamá y mi abuela fueron las personas que me criaron. También fui producto de la escuela pública y luego conseguí una beca deportiva para estudiar (Ciencias Sociales) en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras. Y posteriormente estudié Derecho en la Católica.

¿Llegaste a revalidar en Derecho?

Cogí la reválida una vez y no la pasé por pocos puntos.

¿Volviste a tomar el examen?

No. No sentía hacerlo. En esa época era un sueño de mi mamá y de abuela, pero no era mi sueño. Desde muy pequeño identifiqué el mundo deportivo. Fui muy claro en eso.

Antes de ser dirigente fuiste jugador de la Liga Superior. Debutaste con los Santos de San Juan en el 1961. Tenías apenas 17 años. ¿Cómo fue esa experiencia de entrar a jugar a una liga de hombres siendo tan joven?

Fue genial. Una experiencia de ensueño. Una fantasía hecha realidad. En esa época vestir la camiseta de uno de los equipos de la liga era lo máximo.

¿Recuerdas cuánto dinero era la dieta en tu primera temporada?

Lo que teníamos era el derecho de ir a un negocio en el Viejo San Juan, El Gran Café, a almorzar algunas veces. El apoderado era Juan Elías, que hacía todo lo que podía por el equipo. Pero ese privilegio de la comida lo perdimos, porque algunos compañeros iban a almorzar y luego pedían más comida para llevar. Así que lo suspendieron (sonríe).

Así que en tu temporada de novato nunca recibiste una dieta por jugar.

No. Y una anécdota que tengo con Juan Elías fue que una vez le pedí unas zapatillas nuevas, ya que donde me críe no había dinero para unas Converse. Lo que usaba era las Champions que costaban $3.50, que era la mitad de las Converse. Y Juan lo primero que te decía era ‘déjame ver la suela de las zapatillas’. Y si no veía las medias, entonces uno tenía que seguir usándolas por otros meses.

Jugaste en la liga hasta los 31 años, ¿por qué te retiraste tan joven?

No me retiré, me retiraron (sonríe). Además, las estrellas son las que se retiran. En mi caso era un obrero del juego. Tuve unos años buenos, pero luego tuve la experiencia militar y cuando regresé mis habilidades no eran tantas. Regresé con menos habilidades y no pude seguir el ritmo de las exigencias del deporte. Y pude entender que tenía la posibilidad de seguir como dirigente. Había algo poderoso en mí para convertirme en entrenador.

¿Cuánto tiempo estuviste en la milicia?

Dos años… del 1968 al 1970. Estuve en la Guerra de Vietnam. Allí, estuve como nueve meses. Fue un tiempo duro. No complete el año en Vietnam, porque fui evacuado médicamente por unas vivencias que tuve en el campo. Estuve en varios hospitales por unos meses.

¿En qué manera te ayudó la formación militar para emprender una exitosa carrera como entrenador?

Me ayudó mucho en el aspecto del compromiso y de la disciplina. Y la metáfora más importante que tengo es que el baloncesto es una guerra en un rectángulo, donde se ejecuta el trabajo en equipo.

Veo que tienes un tablillero con un sinnúmero de libros. ¿Qué tipo de lectura podemos encontrar ahí?

Hay mucha lectura técnica (del baloncesto), del estudio de la ciencia del éxito y del comportamiento humano. El conocer el por qué es tan difícil cambiar un hábito por el otro; conocer de la conducta del ser humano. Disfruto mucho seguir estos escritos que me ayudan a entenderme y luego poder transmitirle a los demás al respecto.

Posees un estilo muy particular para transmitirles tus ideas a los jugadores. Utilizas muchas ilustraciones, filosofía y hasta poesía para enviar el mensaje. ¿Sientes que los jugadores siempre entienden tus conceptos?

Vivo de comunicar. Y un comunicador que no comunica, no llega ni a primera base. El éxito de los entrenadores se mide por los resultados y he producido buenos resultados. Así que algo he estado haciendo bien. Si en los códigos que transmito, hay jugadores que no los entienden, los descarto y busco otro camino. Permanentemente, busco nuevo caminos a las preguntas. Y a través de estos años no me ha ido mal. No me puedo quejar.

¿Cuán injusta puede ser la profesión de un dirigente, cuando en ocasiones es despedido con resultados positivos?

La paciencia y la tolerancia juegan un papel importante. Si todo te produce estrés y presión, pues no es para ti esta profesión. Porque aquí se vive a base de resultados y los resultados son curiosos. A veces por un detalle mínimo en el rendimiento, puedes perder un juego. Aquí, hay que tener el cuero duro para asimilar el calor… para asimilar la presión.

Con más de 500 victorias en la fase regular y 12 campeonatos en el BSN, ¿cómo describes tu relación con los triunfos? ¿Es adictiva?

La describo como un estímulo. Creo que somos amigos. Pero es una adicción que no destruye.

Llevar a Venezuela a su primera clasificación a unas Olimpiadas en el 1992 o derrotar por primera vez al ‘Dream Team’ de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 con Puerto Rico, ¿cuál de estos dos eventos consideras el más significativo en tu carrera?

(Hace una pausa de unos segundos) Un empate. Son parte de la joya de la corona. Estás hablando de Hollywood, de Disney World… bueno de lo bueno. Y hay otras cosas maravillosas que me han pasado como sostenerte en la Liga de Venezuela por 14 años y también entrenar en un mismo año en Venezuela, aquí en el BSN y luego dos torneos con la Selección Nacional. He tenido muchos momentos bonitos.

En una carrera tan extensa como dirigente en el país has tenido la oportunidad de dirigir a los principales jugadores en las últimas tres décadas. ¿Cuál ha sido el mejor jugador que ha pasado por tus manos como mentor?

Esa es una pregunta que siempre me causa desbalance. Es como preguntarle a un padre que tiene 200 hijos, cuál de ellos quiere más. Voy a contestar bajo protesta. Por su extensión de cómo se proyectaba en los equipos que he estado y por haber sido dominante en una posición tan importante como la del centro, para mí sería Piculín Ortiz. Tuve jugadores de otras posiciones inolvidables, pero Piculín fue bien talentoso en el medio.

¿Entiendes que la reciente debacle del Equipo Nacional en los principales torneos internacionales esté relacionada a la salida de Piculín Ortiz en el 2004, cuando por última vez un combinado llegó a unas Olimpiadas? Con Piculín Ortiz, el programa nacional estuvo entre los mejores ocho del mundo. Ahora ocupa la posición 16 en el ranking mundial de la FIBA.

Aparte de la necesidad de un jugador importante, también hay que entender el desarrollo del baloncesto en otras naciones. El baloncesto ha evolucionado, y los países están creciendo. Países de la región como Venezuela y República Dominicana se nos han acercado. Tuve momentos fantásticos con Piculín y compañía en el Mundial de Indianápolis y en las Olimpiadas de Atenas. Ya no tenemos esos jugadores grandes de antes por nuestra genética y el baloncesto continúa evolucionando. Hay una combinación de ambas cosas.

Del 2010 al 2015, la Federación de Baloncesto ha contratado a cuatro dirigentes para la Selección Nacional adulta  en una clara falta de estabilidad en la dirección técnica. Desde afuera, ¿qué opinas al respecto?

Ha sido una dinámica de desespero. De una necesidad de producir resultados inmediatos. El viejo truco de crucificar al entrenador. Han querido darle una solución simple a un problema muy complejo de estructura y de otras cosas.

Después de contar con el español Paco Olmos y el estadounidense Rick Pitino al mando del combinado en los últimos tres años, la Federación de Baloncesto ahora entiende que la dirección debe regresar a manos de un puertorriqueño y tiene tres candidatos en la mira en las figuras de Eddie Casiano, Nelson Colón, y David Rosario ¿Te parece bien esta decisión federativa?

Sí. Pero venga quien venga, hay que dejarlo madurar una idea. Aquí, no hay caminos cortos y hay que tener la humildad de reconocer dónde nos encontramos y que no hay fórmulas mágicas. Al nuevo dirigente hay que darle la oportunidad de madurar sus planteamientos y conceptos. Pero la situación es complicada si le vamos a dar dos torneos nada más y uno de ellos (el Repechaje Olímpico) luce complicado porque hay que ir a bailar a la casa del trompo (en Belgrado ante Serbia). Hay que aceptar que el que venga no es mago.

A los 72 años, la mayoría de las personas ya están retiradas. ¿Cómo has podido mantenerme activo hasta el día de hoy con éxito en una profesión que exige resultados inmediatos?

Creo que la fuerza más grande que puede existir en el universo es el amor. Y en mi caso tuve la dicha de identificar temprano cuál sería mi lugar de trabajo. Y el mismo está relacionado con mi vocación. Estoy trabajando, pero vacacionando a la misma vez. Eso me produce  mucha energía cada día. Dirigir es la fuente de la juventud que me permite seguir haciendo lo que tanto me gusta hacer. Es algo que constantemente me produce placer. Me da alegría y me permite bloquear cualquier momento de insatisfacción en esta profesión. También me gusta estar en este escenario en la que por unas horas, todos nosolvidamos de los problemas económicos, políticos o de status del país. Todos somos iguales.

¿Hasta cuándo seguiremos viendo a Julio Toro en la línea de juego?

En este momento, no sé. Pero estoy seguro que -en algún momento- voy a recibir los mensajes altos y claros de que hay que seguir adelante en otros rumbos.


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