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Crónica de una despedida: adiós al último videoclub en el oeste

El lugar que marcó generaciones en San Sebastián y pueblos limítrofes, realizó su última venta, mientras su dueña enfrenta la despedida más difícil

25 de abril de 2026 - 11:10 PM

Yarelis Rivera Lebrón acomoda unos títulos en el anaquel de "Tres Pesetas" en su último día de operaciones. (Jorge A Ramirez Portela)

La pantalla curvada del televisor parece una burbuja gigante tratando de escapar. Proyecta una película en silencio. Los personajes, interpretados por grandes estrellas de cine, conversan, gritan, lloran, pero todo pasa desapercibido. Conectado al televisor, una caja rectangular de un gris desgastado. La tapa que claramente sirve como punto de entrada y salida dice “VHS”. Debajo, en una mesa, decenas de casetes. Hubo un tiempo en el que se pensaba que nada superaría esta forma de ver películas, y entonces llegó el DVD, y todo cambió. Después, otros formatos similares fueron apoderándose de la industria, hasta que un gran enemigo silencioso atacó y cambió todo para siempre: los servicios de “streaming”. Por décadas, el videoclub “Mi favorito” en San Sebastián, también conocido como “Tres pesetas”, se enfrentó y sobrevivió a todos esos cambios, pero hoy, como en las películas, ha llegado el momento de su acto final.

De frente al gran mostrador sobre el que descansa el televisor hay un laberinto metálico de anaqueles llenos, de esquina a esquina, con películas y series en DVD y Blu-ray. Son miles, organizadas, más o menos, por género; las de acción, las de fantasía, los “thrillers” y para niños, cada área demarcada para facilitar su navegación. Sería mentira decir que de este lugar no emana algo parecido a auténtica magia, sentido aguzado por la realidad cruel que se le cruza. Su ciclo de vida está a punto de terminar. El último videoclub de este pueblo, y probablemente de toda el área oeste, cerrará sus puertas y detrás de ellas esa magia desaparecerá. Brunilda Rivera está sentada tras el mostrador, organizando películas en cajas. El cabello largo y rubio hace juego con sus punzantes ojos verdes, que a pesar de su edad, no han perdido ni una chispa de su lustre. Ella y su familia han dedicado sus vidas a este lugar.

“Nosotros éramos bien aficionados a las películas. Trabajábamos, pero los fines de semana nos encerrábamos a ver películas. Mi esposo y yo, como alquilabamos tantas, decidimos comprar películas para alquilar nosotros. Pero no teníamos local. Lo que hacíamos era que las metíamos en el baúl del carro y nos íbamos por los barrios ofreciéndole películas a la gente, y a la gente le encantaba eso”, cuenta sobre los inicios del negocio que estuvo en operaciones 35 años. Lleva una camisa color crema con el nombre oficial del local, pero nadie, nunca, le llamó por ese nombre. En un momento dado, rentaban las películas a tan solo 75 centavos, y fueron bautizados desde entonces y para siempre como el videoclub “Tres pesetas”.

Caminando en silencio por los pasillos de anaqueles, don Ángel Lebrón, su esposo y propietario, sonríe. Saluda a las personas que entran y parece escucharlos con atención mientras le hablan, pero no puede responderles. Varios accidentes cerebrovasculares y un diagnóstico temprano de la enfermedad de Alzheimer le arrebataron esa capacidad. Así que don Ángel solo camina por los pasillos de películas, como buscando las memorias que habitan entre ellas.

Su negocio se hizo oficial cuando perdió su trabajo. Con el apoyo de su esposa, y antes de que tuvieran hijos, lograron construir una pequeña estructura de madera que sirvió como la primera versión del videoclub. El proyecto fue un éxito.

“Aquí llegaba gente de Mayagüez, de Aguadilla, de Aguada, de Añasco. Aquí llegaba gente de todos los pueblos cercanos. Aquí los fines de semana, esto era… Mira, nosotros teníamos un muchacho, nada más, para parquear los carros”, explica “Bruni”, como le llaman sus conocidos. “Así se empezó. Cuando nosotros decidimos remodelar para mudarnos para aquí, el negocio a los dos meses que remodelamos nos lo quemaron. Y perdimos todo”.

Nunca se supo quién quemó el local ni sus razones, pero el videoclub era lo que mantenía a su familia a flote, así que empezaron de nuevo. Reconstruyeron, compraron más películas. Todo parecía ir perfectamente bien. Entonces llegó el huracán. Antes de María, George había sido la última gran tormenta en devastar la isla. Las películas se mojaron, la estructura reconstruida de madera se quebró y el zinc del techo se fue volando. Y aun así, persistieron.

“Hace como un año que no abrimos. Él a veces atendía a las amistades, él venía y yo le ayudaba. Pero ya yo veía que la limitación era seria, él no se podía ni doblar mucho. Un día llegó a la casa y yo estaba ya arriba, llegó como extraño. Imagínate, 50 años de casados, yo conozco todo de él. Él tiene algo peculiar que cuando está preocupado o algo le pasa, frunce mucho el ceño. Y cuando lo vi llegar, él me miró y como que estaba medio perdido y frunciendo el ceño, y le pregunté qué le pasaba. Y me da un dinero en la mano y me dice, ‘se me olvidó cómo contar’”, relata Bruni, su voz estancada por la pena.

Pero el golpe más grande y doloroso fue el tener que llegar a la decisión final de cerrar. Bruni se convirtió en cuidadora de su esposo a tiempo completo y sus hijos ya tenían sus propios trabajos y responsabilidades, así que tampoco podían atender el negocio. Fue, al final, un asunto de practicalidad.

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Desde San Sebastián, la copropietaria Brunilda Rivera Román rememoró los mejores momentos del último videoclub del área oeste, que cerró sus puertas en abril.

“Toda la vida, tú sabes, esto es un sacrificio. Sacrificio de toda la vida. Porque nosotros empezamos y todavía no teníamos ni los nenes. Y me da mucho pesar, porque a mí me encantan las películas, yo veo esta pared llena de películas y digo ‘Dios mío, es una vida’”, continúa, con los ojos ahogados en lágrimas que no deja escapar. Para Bruni este, probablemente, es el último videoclub que quedaba en operaciones en todo el área oeste. En una búsqueda realizada por este medio, no se pudo constatar si quedan otros centros de alquiler de películas en la isla.

Hoy (el 18 de abril), casi toda la familia ha llegado para ayudar con el proceso de la venta final. El aire huele a pop corn fresco y personas entran y salen, algunos por primera vez, otros, clientes de toda la vida que han venido buscando un pedacito de esta historia para llevarse y preservar. La experiencia de alquilar películas era especial por varias razones, pero, principalmente, porque permitía un grado de conexión humana que ha desaparecido del todo en esta era de mundos digitales. Aquí, las personas compartían recomendaciones, hablaban hasta sobre sus familias cuando se hacían clientes regulares. Había un elemento de aventura y misterio intrínsecos en el acto de llevarse una película desconocida a la casa y verla por primera vez.

Arelis Lebrón es hija de don Ángel y doña Bruni. Sentada junto a su propia hija, Yarelis Rivera, nieta de los dueños, intenta poner en palabras lo que este lugar ha significado en su vida. Fue Yarelis quien ayudó a difundir la información de la venta final a través de sus redes sociales, lo que culminó en una acogida sorprendente por parte de personas de toda la isla, muchos que llegaron a San Sebastián a buscar películas. Es ahí que el dolor se mezcla con la alegría, la felicidad de compartir esto con tantas personas, pero saber que será, probablemente, la última vez.

“Esa es la parte que a mí me hace difícil. No es el cerrar la tienda, porque eventualmente uno sabe que cuando algo no funciona, tiene que cerrarlo. Eso o esperar a que papi llegara a cierta edad y que cerrara la tienda él mismo. Es sentir que yo estoy cerrando una etapa por mi papá”, dice, llorando suavemente.

“Pienso que la tecnología nos ha quitado muchas cosas que antes eran más simples. Y ya no se pueden disfrutar como antes. Que nunca se pierda esa cultura de compartir las películas que te encantan con otra gente, de regalarlas, de tener las cosas físicamente. Sobre todo gracias por el apoyo y por los mensajes lindos que me han enviado”, añade por su parte Yarelis, sonriéndole con ternura a su mamá.

El televisor sigue mostrando películas en VHS, personas entran y salen, compartiendo recomendaciones, experiencias y risas. Mientras tanto, don Ángel sigue paseando entre pasillos de películas, sonriente. Las memorias que se le esfuman siempre vivirán aquí.

Dato destacado

Debido a la masiva respuesta del público, el videoclub extendió la venta un día más. Quienes deseen comprar películas o series en formato VHS o DVD puede llegar al establecimiento el 26 de abril de 2026.

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