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Una mirada a la trayectoria de la artista Myrna Báez

El deceso de esta maestra de maestros y pionera de la gráfica dentro de la plástica puertorriqueña invita a repasar los pasos de la mujer, cuya obra y cátedra hablaron de feminismo antes de que el término surgiera

26 de septiembre de 2018 - 12:00 AM

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Esta historia fue publicada hace más de 7 años.
Para la veterana artista, sus obras nacían de su mirada hacia todo lo que le rodeaba, lo que había observado a lo largo de su vida.
Para la veterana artista, sus obras nacían de su mirada hacia todo lo que le rodeaba, lo que había observado a lo largo de su vida. (vanessa.serra@gfrmedia.com)

La muerte de Myrna Báez (1931-2018) nos deja sin una de las artistas plásticas -pintora, grabadora- más importantes de nuestro tiempo. También sin una de las mujeres más interesantes: feminista “avant la lettre”, fue siempre lo que quiso ser e hizo lo que quiso hacer.

Cuando era difícil que una mujer se dedicara a vocación tan incierta como las artes, ella abandonó una incipiente carrera de medicina para estudiar pintura en la Academia de San Fernando de Madrid. Cuando el grabado era todavía un medio experimental entre nosotros, ella lo cultivó con rigor y pasión bajo la dirección de Lorenzo Homar en el taller del Instituto de Cultura y luego por cuenta propia. Cuando una mujer tenía que hacerse perdonar su éxito, máxime si lo obtenía en un campo tradicionalmente reservado a los hombres, ella asumió ese éxito innegable como debido a su trabajo; cuando el desnudo femenino aún suscitaba escándalo en esta isla y se condicionaba su excepcionalidad con circunstancias “atenuantes” como poses y alusiones clásicas, Myrna pintaba desnudos femeninos que se insertaban en la cotidianeidad de la vida, en el marco de la normalidad doméstica.

Sus mujeres desnudas se sientan a la mesa, contemplan el paisaje desde una ventana abierta, se miran en un espejo, símbolo de los múltiples reflejos de la tradición en su obra: tradición conocida y superada.

Sus actitudes en el arte liberaron al ámbito femenino de la minusvaloración; también de la invisibilidad, concediéndole validez artística. Su obra provoca alegría y entraña misterio. En ella siempre queda algo por mostrar, siempre hay espacios abiertos y enigmáticos que esperan o sugieren otras presencias.

La respuesta a sus cuadros suele ser intensa e inmediata. Es la luz del trópico tamizada en los interiores, gloriosa en los paisajes; es el balance de las formas, su armonía serena; es la sugerente profundidad de campo de sus perspectivas. Y son también las referencias a lugares y ambientes que reconocemos como nuestros, recreados, repensados y revestidos por ella de una contemplación que los transforma.

Muchos de los elementos de sus cuadros se fundamentan sobre sus recuerdos.

“Si tú miras mis cuadros, eso es lo que me rodea, transformado por los cuadros que he visto en los museos, por las cosas vistas en las exposiciones, lo leído, lo que me ha llamado la atención, lo que he vivido”, me dijo en una entrevista que le hiciera en el 2005, con ocasión de una exposición de sus pinturas en la Sala de las Artes de la Universidad del Sagrado Corazón.

“¿Por qué crees que hice el Yunque en grabado? Porque el Yunque significa muchísimo para mí. En los veranos nos mandaban, a mis hermanos y a mí, a Gurabo, y enlas Navidades al Yunque durante dos semanas”.

“Es la mirada, no es otra cosa”, añadió. “Es el conocimiento de un montón de cosas que uno ha visto: la montaña que te interesó, la modelo que pintaste en tu juventud, la que viste en un cuadro de fulano o mengano, el desnudo que viste en esos cuadros”.

La vida -y la obra- de Myrna están llenas de circunstancias y temas recurrentes. Hasta su muerte vivió en una casa que se encontraba en el mismo lugar que ocupaba aquella donde nació. Sus temas no han cambiado mucho, aunque su técnica sí; sus estudios en España y en Estados Unidos le proporcionaron recursos nuevos para expresar esos temas de siempre. “Hago lo mismo, siempre lo mismo, pero de otro modo: más maduro, más coherente. Parece como si yo diera saltos, pero es que florecen otra vez los mismos temas de distinto modo”.

Un descubrimiento tardío

El arte fue un descubrimiento tardío para Myrna Báez. Su familia -con un padre ingeniero y una madre maestra que luego fue ama de casa, aunque siempre aficionada a la lectura- no era proclive al arte. Cuando, recién graduada de la UPR con un bachillerato en ciencias, la mandaron a España a estudiar medicina en 1951, duró tres meses en esa facultad. Unos amigos de la UPR que también estaban allí -Pablo Cabrera y Jorge Chinea- le sugirieron que estudiara pintura en la Academia de San Fernando. A ese plantel le debía su entrenamiento formal. En aquella escuela donde habían estudiado muchos grandes de la pintura española -Goya, Dalí- tenía que dibujar estatuas en carboncillo, esforzándose en ser realista. Al regresar en el 1957, estaba interesada no solo en la pintura sino en el grabado, que había empezado a hacer en España, con Jorge Genovés.

Yo fui primero pintora, lo del grabado vino después. Cuando regresé pregunté si alguien estaba haciendo grabado y me mandaron donde Lorenzo Homar”, contó.

Él dirigía el taller de grabado del Instituto de Cultura Puertorriqueña; allí aprendió Myrna la técnica de la serigrafía. Aprendió mucho más. En aquel taller entraban y salían todo el tiempo artistas, escritores, intelectuales. Se hablaba constantemente de lo que pasaba en el país y también de arte, de música, de cine, de libros. Al taller fueron llegando José Rosa, Martorell, Alicea: el grabado puertorriqueño reafirmaba la tradición iniciada con el taller de la División de Educación de la Comunidad. Con los artistas del taller exhibió sus grabados; incluso los llevó al Riverside Museum de Nueva York. Su primera exhibición individual fue en el Instituto en el 1962.

Myrna empezó luego a trabajar desde su propio taller: sus padres le habilitaron el garaje de su casa para ello. Allí dio clases de arte; las ofreció también en la Universidad del SagradoCorazón, que la nombró artista en residencia.

No había muchas mujeres que fueran artistas profesionales en Puerto Rico: quizás un par más, Noemí Ruiz y Luisita Géigel. Durante los años sesenta fue a Nueva York a estudiar la técnica de grabado llamada “colograph”, que acentúa los relieves y matiza los entintados. Le interesaban mucho las técnicas del grabado.

Poco después, una pareja extraordinaria revolucionó nuestro mundo cultural. Ángel Rama y Marta Traba -uruguayo él, crítico literario; escritora ella y crítica de arte argentina residente en Colombia- se insertaron de lleno en nuestro ambiente. Cuando Myrna regresó a finales de los años sesenta, fue Marta, tan interesada en el arte puertorriqueño que escribió un libro retador, “Propuesta polémica sobre arte puertorriqueño”, quien le dio el espaldarazo definitivo. Como parte del jurado del certamen de pintura del Ateneo premió una obra suya y en el primer ensayo de ese libro (una conferencia que ofreció en la UPR) mencionó su talento. Se hicieron amigas. Esa fue, dijo Myrna, una “época fundamental” para su carrera.

La Myrna que yo conocí

Directa, franca, Myrna Báez decía siempre lo que sentía, sin miramientos ni melindres. Así fue toda su vida, aunque entristeció durante sus últimos años, cuando se le acumularon las pérdidas: su amigo José Antonio Torres Martinó, con quien fundó la Hermandad de Artistas Gráficos; sus padres, su hermano, su adorada hermana Doris, su amiga Pilar Reguero. Mi mejor recuerdo de ella, sin embargo, es de mucho antes, de los años 50 y 60, cuando su fama no se había consolidado aún.

Solía acudir entonces a las óperas que se presentaban en el teatro de la UPR y a las temporadas primeras del Festival Casals. Amiga como era de mi madre, que me llevaba siempre a los eventos musicales, durante los intermedios se reunía en el vestíbulo del teatro con un grupo de mujeres extraordinarias, asiduas todas de los conciertos. Eran fuertes, decididas y dejaron huellas imborrables en nuestro panorama cultural: Nilita Vientós Gastón, Piri Fernández de Lewis, Pilar Reguero y Myrna entre ellas. Comentaban todas a voz en cuello sobre lo que habían escuchado -Nilita incluso entonaba algún aria- y luego continuaban la tertulia en aquel emblemático Swiss Chalet recién mudado a su segunda sede de la avenida de Diego. Allí conversaban, discutían, hablaban del cielo y de la tierra, de las artes y las ideas, de la política de aquí (dominada entonces por Muñoz Marín ) y de allá (Estados Unidos y España) hasta tarde en la noche.

Myrna era una voz clave, como era la de Nilita. Aquellas mujeres seguras, informadas, cultas, hablaban con libertad y soltura; ejemplares todas, quedaron grabadas en mi memoria. Ahora que ha muerto la última de aquellas contertulianas, solo me queda admirar su valentía, su admirable creatividad y su consistencia de pensamiento y acción.

También su compromiso con el país. En aquella entrevista del 2005 Myrna dijo: “Siempre he pensado que el arte tiene que reflejar algo de lo que uno es; el pensamiento de uno tiene que estar ahí de algún modo. Yo entiendo que soy una mujer puertorriqueña; no soy otra cosa que una mujer puertorriqueña. Yo pinto como una mujer puertorriqueña porque no soy un hombre chino”.




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