

24 de enero de 2026 - 11:51 AM

Una investigación realizada en Estados Unidos estimó que el lazo emocional con una expareja puede tardar hasta 8 años en disolverse por completo, mientras que la neurociencia y la psicología explican por qué el cerebro suele quedar anclado al pasado tras una ruptura.
La pregunta sobre cuánto tiempo lleva superar una ruptura amorosa ha generado teorías populares durante años. Una de las más conocidas es la que sostenía Charlotte York, protagonista de Sex and the City, quien repetía: “Superar a tu ex toma la mitad de lo que dura la relación”. Aunque extendida, esta idea no contempla la complejidad de los procesos emocionales y mentales involucrados en el duelo amoroso.
En 2025, un grupo de investigadores de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, intentó aportar una respuesta basada en datos. Jia Y. Chong y R. Chris Fraley, docentes del Departamento de Psicología, analizaron a 320 adultos que habían mantenido al menos una relación romántica de más de dos años, ya finalizada, y cuya expareja seguía con vida.
Los participantes completaron cuestionarios sobre apego y vínculo emocional en relación con sus exparejas y con personas desconocidas. También se indagó si ellos o sus ex habían tomado la decisión de terminar, si habían iniciado nuevas relaciones y cómo era el contacto posterior a la ruptura.
Tras analizar las respuestas, los investigadores concluyeron que se necesitan aproximadamente 4.18 años para que una expareja pase a ser percibida como alguien que se solía conocer. Además, estimaron que el vínculo emocional se disuelve por completo alrededor de los 8 años. Sin embargo, aclararon que “la variación individual fue considerable y que, para algunos voluntarios, los sentimientos hacia la expareja nunca se desvanecieron por completo”.
En esos casos, el principal predictor de la continuidad del lazo emocional fue el mantenimiento del contacto con el ex, incluso después de haber finalizado la relación.
Desde la neurociencia, Alejandro Andersson, médico neurólogo y director del Instituto de Neurología Buenos Aires, explica que una expareja funciona como un “mapa predictivo” para el cerebro. En su momento, esa persona ayudó a regular el estrés, activó el deseo y formó parte de la identidad individual, procesos que quedan distribuidos en múltiples redes cerebrales.
Según Andersson, estas huellas se alojan en áreas como el hipocampo, la amígdala, la corteza prefrontal medial y cingulado, y el estriado ventral o núcleo accumbens. “El cerebro aprendió que esa persona reduce las amenazas y/o aumenta la sensación de recompensa”, señala. Incluso sin contacto, pueden persistir “errores de predicción” que reactivan los circuitos emocionales y retrasan su recalibración.
Para el especialista, el proceso va más allá de la nostalgia. “No es solo extrañar: es reescribir quién se es sin esa persona”. Cuando ese ajuste no avanza, explica, “cuando esa actualización no progresa, la huella persiste”.
Micaela Zappino, psicóloga especialista en salud mental, sostiene que los resultados del estudio no resultan sorprendentes desde la psicología clínica, aunque advierte: “Lo que plantean no ocurre de manera lineal ni uniforme para todas las personas”. Por eso, recomienda no tomar los plazos como cifras exactas.
Para Zappino, “más que tomarlo como un número literal, hay que considerar la cifra de los 8 años como un promedio orientativo”. También remarca que “los vínculos de pareja no se inscriben únicamente en el plano racional, sino también en el emocional y neurobiológico”.
Entre los factores que pueden volver más difícil la superación de una ruptura, la especialista enumera los siguientes:
El contacto a través de redes sociales también aparece como un elemento clave. Ambos profesionales coinciden en que seguir comunicándose por esos canales dificulta el proceso de duelo. “El ‘contacto cero’ puede ser una estrategia saludable en ciertos casos, sobre todo cuando el vínculo sigue generando sufrimiento”, afirma Zappino.
Según Andersson, aunque el duelo por separación y el duelo por muerte comparten bases neurales vinculadas al dolor social, el apego y la memoria, existe una diferencia central. En la ruptura, la otra persona sigue existiendo. “El cerebro piensa que esa persona podría volver y la incertidumbre mantiene el sistema dopaminérgico de búsqueda más activo”, explica.
En este marco suele mencionarse la teoría de la renovación celular. En 2005, Kirsty L. Spalding y Jonas Frisen publicaron en la revista Cell el artículo “Datación retrospectiva del nacimiento de células en humanos”, donde estimaron que la edad promedio de una célula del cuerpo humano es de entre 7 y 10 años.
Aunque esta cifra coincide con los años mencionados por el estudio de la Universidad de Illinois, Andersson lo descarta como explicación del olvido emocional: “En el caso del cerebro, la mayoría de las neuronas corticales y células son extremadamente longevas y pueden llegar a durar toda la vida”. Por eso, señala que no existe un borrado biológico de los recuerdos afectivos.
Finalmente, Zappino advierte que el duelo amoroso puede requerir ayuda profesional cuando el malestar se vuelve crónico e intenso, interfiere de forma significativa en la vida cotidiana o aparecen síntomas depresivos persistentes y ansiedad elevada. Entre las terapias más utilizadas se encuentran la ACT, la EMDR y la cognitivo conductual (TCG).
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