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Recuerda que conoció lo que era buen gusto desde muy niño, de la mano de sus padres,  Raúl y Esperanza -ingeniero agrónomo él y ama de casa ella-. Nació en  Mayagüez -solo porque allí atendía el  médico de su madre- pero siempre vivió en San Juan, donde en un futuro daría mucho de qué hablar. 

Escuchar un poco sobre la vida y la trayectoria de Nono Maldonado es como transportarse a una película. Tiene material para un buen libreto.

“Mis padres eran muy amantes de lo social, me encantaba verlos como se vestían... Mi padre era muy guapo y mi madre muy bella. Eran muy conscientes del cuidado de su persona, de cómo vestían, de cómo lucía la casa, de las fiestas a las que asistían... Ahí empezó todo y creo que todo eso se me quedó muy grabado en la mente. Me encantaba que la persona que me cuidaba no estuviera en la casa porque así me llevaban a las fiestas”, recuerda ahora  Nono, de 67 años.

Para esas fechas  tendría siete u ocho años. Entonces, conoció todo lo que tuviera que ver con estética, algo que hoy  continúa aplicando a toda hora. De su madre aprendió a mantener todo en su lugar, aún cuando hubiese niños en la casa. 

“Me encantaba que llegaran de viaje porque eran amantes de los zapatos, igual soy yo, y me gustaba ver lo nuevo  que se compraban. Creo que también de ahí aprendí a tener el clóset en orden, aunque hace mucho tiempo que uso uniforme, es más cómodo para el diario. Me visto de negro, de gris o de kaki y blanco en el verano. Uso muy poco color, aunque me gusta mucho el turquesa y el rojo. También me gusta el clásico gabán y corbata. En su momento me gustaron las hawaiianas vintage con jeans, pero eso era para ir a bailar”, menciona Nono, quien asegura extrañar a su hermano mayor, que murió hace dos años.   

Pero volviendo a su niñez, recuerda que por sus manos pasaban revistas como House & Garden o House Beautiful y  arrancaba aquellas páginas que tuvieran planos de casas para cambiar todo de posición. 

“Es que antes de la moda, lo que me interesaba era la arquitectura. En grados superiores de la escuela me di cuenta que no me gustaba la ciencia, aunque era bueno en matemáticas,  me gustaban las historias y la literatura. Cambié a mercadeo y me fui a Fordham en Nueva York porque ya tenía en mente ser un editor de modas. Pensaba que podía llegar a ese mundo fascinante de Calvin Klein o Ralph Lauren, a quienes conocí más adelante”, dice.

Esos años 60-70 en La Gran Manzana lo marcaron. Los más grandes de la moda estaban en plena ebullición y ese era su norte. Eran años de estilo, de mucha creatividad y locura, recuerda.

“Había una manera de vivir,  de expresarse. Se bailaba todas las noches. Llegué a un mundo que ya conocía de chiquito. En ese momento, Bloomingdale’s era la tienda por excelencia, donde se vivía la moda. Yo llegué en el 63 y ya cuando estaba en mi cuarto año de universidad vinieron de de diferentes compañías para hacer entrevistas y vino la gente de Bloomingdale’s... ¡taránnn! Esa era mi oportunidad”, agrega.

 De más está decir que lo entrevistaron y de inmediato lo contrataron. En tres meses, un récord en ese tiempo- lo hicieron buyer de la compañia. Dice que “se casó muy bien con la empresa”.  

“Me acuerdo de Grace de Mónaco, bien bella ella, compraba allí. Hacían muchos cocteles y recepciones. Estaba entre gente fascinante. Me sentía muy cómodo donde estaba pero tenía que pensar cómo seguir adelante para lograr lo que quería, ser editor de modas”, agrega.

Tenía 21 años  y continuó conociendo gente hasta que llegó a diseñar con el diseñador Luis Palacios, quien lo influenció mucho. Aprendió de tendencias, colecciones, de showcases, castings y fittings. En su momento, consideró irse a estudiar sicología, pero no le duró mucho porque lo llamaron de Esquire Magazine.

“Salí corriendo a la entrevista y me contrataron ese mismo día. Sin embargo, me fui a tomar unas vacaciones que tenía pendiente. Cuando empiezo formalmente me dicen que nombraron a una nueva managing editor de moda, pero me quedé y nos fue muy bien. Ella sabía de editorial y yo de moda. Comencé a cubrir las colecciones en Europa y estando de viaje me llaman para decirme que me tomara un weekend libre para celebrar que me acababan de nombrar Fashion Editor. Las cosas están puestas en el camino como van, depende cómo las aproveches. Tuve la facilidad de que ella y yo tuvimos mucha empatía. Estuve cuatro años, hasta el 1975. Luego me fui cuando hubo un alegado corte de presupuesto y me quedé como freelance haciendo stylist. Me iba bien, pero era la época de la locura, había mucha fiesta, se fumaba y se bebía de todo...  Estaba bien encaminado así que debía salvarme y regresar a casa”, expone.

De Esquire a San Juan

Era el momento, recuerda, de montar su propio negocio y diseñar bajo su nombre. Le contó a su padre de sus intenciones y vino a comprar un apartamento a su gusto, el mismo que vive en la actualidad. Regresó por su mudanza, compró muebles nuevos, en junio de 1977 abrió su primera tienda en Condado y tres años más tarde lanzó su primera colección para la mujer. 

Sin haber estudiado diseño, esos primeros bocetos trazados en Nueva York fueron clave para lo que vendría después. Allá hizo research, consiguió unos sastres maravillosos y unos textiles que le dieran el look que buscaba.

“Hice camisas, pantalones, vestidos, corbatas, cinturones y las camisas de hilo que se siguen haciendo. La gente apostaba a que no duraría mucho aquí. Me invitaron a Destellos de la Moda en el ‘80 y presenté mi primera colección de mujer. Hacía dos colecciones al año, abrí tienda en el Hotel San Juan, hicimos Fashion Week, fueron unos años bien interesantes”, expone el diseñador. 

En esa línea, confiesa, que muchos todavía le preguntan cómo se ha mantenido en la industria  por tanto tiempo. Y de paso, dice convencido que “el mundo de la moda local no es fácil”.

“Primero porque tienes una audiencia cautiva y limitada. Ahora mismo hay muchos diseñadores jóvenes que son muy buenos. Segundo, no hay manufactura. Perdimos la costura larga por la costura corta. Se perdió la mano de obra fina que había en este país”, reflexiona Nono,  quien presentó su última colección en primavera-verano de 2010.

¿Habrá otra pasarela de vuelta?

Dice de entrada que no. Pero pensándolo mejor, confiesa que sí  le gustaría presentar una colección de vuelta, pero que no quede “colgada”. 

“Estoy tan bien con lo que hago ahora... tengo clientas privadas, hago espacios interiores, muebles...”. 

La oportunidad de hacer interiores comenzó en el 2005 con el Hotel Cervantes del Viejo San Juan. Dice que el universo lo estaba llevando hacia eso, aunque él se empeñaba en quedarse solo en la moda.

“Es que esa era mi pasión original, la arquitectura, el diseño. Entonces, surgió la Hollywood Collection de muebles en 2009 y desde entonces no he parado”, se emociona, no sin antes decir que cuando habla de mobiliario su favorita es la  Lawford Chair y en términos de moda, los vestidos vaporosos de tafeta. 

Sus piezas se han fabricado en Canadá y en Turquía. Prefiere estas últimas, pero para que sea costo-efectivo necesitaría traer un vagón. Cuando se trata de poca cantidad las hace aquí con ebanistas y tapiceros ya identificados.

“Recién trabajamos muebles para el Condado Vanderbilt y tiene en agenda otros apartamentos modelo en Laguna Plaza y con clientes privados. Mi estilo es modernista traído al presente. Hay un clasicismo envuelto y llega a lo contemporáneo. No son piezas trendy que luego pasarán de moda. Tiene que tener una simpleza de líneas”, dice.

¿Qué le falta por hacer?

Está convencido que falta mucho, empezando por un libro.  Tiene una colección diseñada -no quiso adelantar de qué se trata- y anda en busca de manufactura.

 “El libro va a documentar los últimos 35-40 años de la sociedad de Puerto Rico a través de la moda. Vamos a ver todo lo que ha pasado y cómo hemos evolucionado. Como son mis memorias, empieza en Nueva York en inglés y luego cambia a español con mi llegada a Puerto Rico. Lo tengo escrito en mi cabeza. Ahí va a estar toda la gente que me ha influenciado. Además, quiero desarrollar más mi línea de muebles, con piezas más accesibles y hacer más hoteles”, dice.   

Y ya que habla de diseño, dice sentirse tranquilo aún con todas las críticas que ha recibido por “no tener un grado académico o licencia para ejercer como diseñador de interiores”.

“Mi respuesta a esto es sencilla, ¿qué grado tiene Armani, Karl Lagerfeld, Ralph Lauren o Donna Karan? Ellos son diseñadores y punto. Han hecho pasarelas, toallas, manteles o muebles. Hay libertad de diseño. Es como los diseñadores que hacen lámparas, cortinas o cojines. El diseñador no puede ser catalogado de una manera y ya, si tiene otros talentos que los explote. No soy decorador ni pretendo serlo, como tampoco estudié moda o comunicaciones, y fui editor de moda. Se trata de atrevimiento y seguridad. Mi casa fue bien importante, mis padres me expusieron a muchas cosas desde muy temprano”, agrega. 

¿Cuán crítico es?

Mucho. No de una manera enfermiza, explica, pero sí con mucha pasión.  Y para muestra, basta con visitar la sala de su apartamento. Si trazamos una línea vertical por la mitad del espacio, veremos  exactamente a un lado lo mismo que al otro. Allí protagonizan sus butacas Lawford, un par de sillas Art Déco con textil de leopardo, consolas, mesas de esquina y varias de sus colecciones de  dibujos de papel, leones, huevos de avestruz, bandejas de plata y cajitas de madera.   

“Eso me da felicidad, me gusta dar felicidad a través de lo estético. En mi casa todo está en su sitio y cada pieza tiene un porqué y una historia. Puedo decirte de dónde es cada pieza, de qué viaje o quién me  la regaló. Como todo está bien puesto, es como un minimalismo complicado. Hay mucha cosa, pero  con buen gusto, como me enseñaron mis padres”, termina.


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