

19 de abril de 2026 - 11:10 PM


Walter Otero sonríe mientras frota sus manos. La emoción en su rostro queda clara por el tamaño de su sonrisa. El sótano de su galería es algo así como la cueva de Alí Baba. Allí es donde se guardan los grandes tesoros. Pero la vida de un galerista está plagada por una importante ironía, el galerista es custodio, antes que todo, un guardián, guía y consejero, un mediador entre el mundo místico del arte y el mundano mundo material. Walter sabe esto bien, pero no deja de sentir felicidad cada vez que en ese trance pasa por sus manos algo verdaderamente especial, por poco que dure. A sus espaldas, colgando cuidadosamente de una estructura metálica, dos pinturas: un Campeche y un Oller.
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