En la foto, Juan Caraballo. (Gerald López Cepero)

Luquillo – Juan Caraballo vive en las Parcelas Fortuna, a pasos de la playa de este pueblo, hace más de 40 años, por lo que se le hizo muy fácil la decisión de buscar refugio con el mero anuncio del paso del huracán Dorian por el noreste del país.

Caraballo era uno de los 10 refugiados que buscaron techo seguro hoy en la escuela Isidro Sánchez, de este municipio. El refugio, que es coadministrado por el Departamento de la Vivienda y la empresa Mora Housing, cuenta con catres, un generador y suficiente comida para haber servido almuerzo y, a las 5:00 p.m., una cena.

“En todas las tormentas he tenido que salir de allá. Con María eso fue un fenómeno y me vine temprano para acá”, contó el hombre de 85 años al recordar que estuvo refugiado en la misma escuela cuatro días a causa de los estragos causados por María en el 2017.

“La casa es ahí, regular. Es de cemento, pero no es segura. El mar se mete y es un peligro”, dijo el hombre, quien vive solo.

Josefina Pérez Mercado también llegó a refugiarse en la Isidro Sánchez. En su caso, también es residente del casco urbano luquillense y decidió refugiarse para proteger a su madre, de 89 años, quien vive con ella.

“Vivo en un segundo piso”, dijo. “La casa es segura, pero estamos en la playa y decidí traérmela”, contó la mujer, quien no había decido, al hablar con El Nuevo Día, si dormiría esta noche en la escuela o si regresaría a su casa.

Durante María, Pérez Mercado estuvo refugiada una semana en la escuela, pero su peor recuerdo de la tormenta no fue ese.

“Esa experiencia fue difícil porque ahora mismo mi nieto se tuvo que ir el año pasado allá afuera (Estados Unidos) porque cayó en un trauma demasiado malo”, contó la mujer. “Al salir del refugio cayó en depresión”, agregó al indicar que durante el pasado año también sufrió la partida de su hija y tres nietos, quienes se mudaron a Nueva York.

Anastacio González, de 71 años, también es residente de Parcelas Fortuna y tan pronto se enteró que Dorian había girado más hacia el norte, amenazando así el noreste del país, decidió que la mejor decisión era refugiarse con su esposa, Juana Caraballo.

“Estoy aquí por lo que está sucediendo, que comoquiera que sea vivimos en la orilla de la playa y es un peligro. Con esta tormenta los marullos se meten a la casa y allí corremos riesgo. Aquí estamos seguros”, dijo el hombre.


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