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prima:El doctor puertorriqueño Antonio Grillo López hace historia en la lucha contra el cáncer

El galeno participa en el desarrollo clínico del primer anticuerpo para el tratamiento de esta enfermedad

8 de diciembre de 2019 - 12:00 AM

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Esta historia fue publicada hace más de 6 años.
Doctor Antonio Grillo López.
Doctor Antonio Grillo López. (gerald.lopez@gfrmedia.com)

Es uno de los héroes de la medicina moderna, pero no se considera así. Sin embargo, el nombre del doctor Antonio Grillo López pasó a la historia en 1997, cuando la Administración federal de Drogas y Alimentos (FDA, por sus siglas en inglés) le dio su sello de aprobación al primer anticuerpo para el tratamiento del cáncer, un medicamento llamado Rituxan que el hematólogo oncólogo puertorriqueño, nacido en el Hospital Auxilio Mutuo y graduado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico, ayudó a desarrollar.

Su inquietud por la ciencia lo motivó a dejar una emergente práctica médica y dedicarse a la investigación científica. En 1980, llegó a la farmacéutica Warner Lambert-Parke Davis para trabajar como director de oncología clínica. Siete años después, pasó a ser director médico para investigaciones de la compañía Dupont Merck, en Delaware y en Ginebra, Suiza.

Y en 1992, tras las insistentes llamadas de un “head hunter” (cazatalentos) que le hizo una oferta de trabajo difícil de rechazar al aceptar todas sus condiciones, llegó a IMEC Pharmaceuticals, en California, una pequeña compañía de la cual se enamoró tan pronto la conoció y notó su potencial. Fue en esa compañía donde nació el Rituxan.

Hoy día, más de 50,000 pacientes con linfomas son curados anualmente en distintas partes del mundo a raíz de este tratamiento, cuyo desarrollo final estuvo en manos de este médico boricua.

¿Cómo nació su interés de estudiar medicina?

—Iba a ser piloto de las Fuerzas Aéreas y por eso entré al ROTC, pero en segundo año de universidad, la administración me llamó para que completara mis estudios en tres años. Tuve que dejar el ROTC. Ya desde tercer o cuarto año de escuela superior me gustaba la medicina. Mi clase graduada del Colegio Espíritu Santo tenía la costumbre de publicar profesías de los estudiantes en el periódico de la escuela. Mi profecía era que iba a descubrir la cura del cáncer. Lo oí y pensé que simplemente era algo creativo, pero jamás se me ocurrió que iba a hacerlo. En retrospectiva, eso fue uno de muchos mensajes que recibí. La mayoría (de esos mensajes) los ignoré. Cosas pequeñas que me llevaron a la investigación en cáncer, un interés en los anticuerpos, un área entonces no desarrollada en el mundo, en sus comienzos.

De sus años de estudiante de medicina, ¿qué fue lo que más lo marcó, la experiencia más significativa?

—Los primeros dos años son en el salón de clases, entre libros, con algunas experiencias de laboratorio. Nos pasábamos en la escuela vieja de medicina, la Escuela de Medicina Tropical. Había muchos libros. Se aprendía muchísimo. Creo que nuestra escuela (de medicina) no está valorada como debe estar. En los “rankings” está en la mitad, pero creo que debe estar más arriba. Mi experiencia fue increíble, lo que nos enseñaron, el cuidado al paciente fue muy bueno y la experiencia clínica a los estudiantes.

¿Por qué decidió establecer su práctica médica en Estados Unidos? ¿Qué lo llevó a especializarse en la investigación?

—Comencé mi entrenamiento en hematología y oncología con el doctor Norman Maldonado, a quien considero mi mentor. Luego me enviaron a (el Hospital de) Veteranos, donde establecí la primera clínica de oncología. El doctor Maldonado consiguió un “grant” (asignación de fondos) federal para establecer servicios médicos regionales. Ese grant permitía viajar a distintos puntos de la isla y dar conferencias a la población. Me nombró médico regional de toda la isla. Estaba casado y, cuando regresé del Navy, había comprado una casa. Tenía una hipoteca, hijos y mi salario de la Escuela de Medicina no me daba, así que empecé una práctica privada. Fui el primero en dar servicio (privado de oncología) en el área metropolitana. Eso me trajo experiencias profesionales increíbles, pero no compartía mucho con mi familia.

Una noche, regresando a las 10:00-11:00 de la noche a mi casa en Guaynabo de contestar una consulta me dije, “¿qué hago llegando a casa ahora?”. Me dije, “mi interés es en la investigación y no la puedo hacer bien en Puerto Rico”. Me convencí de que tenía que salir de Puerto Rico, dedicarle más tiempo a mi familia y dedicarme a la investigación. No fue por dinero, porque allá (al principio) me ganaba la mitad de lo que me ganaba acá. Nos fuimos a Ann Arbor, Michigan, donde trabajé en Warner Lambert (Parke Davis). Fui director del programa clínico en oncología.

Pude estudiar una serie de drogas. Tres fueron aprobadas en el mercado para (tratar) distintos tumores. Fui miembro de la facultad de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan. Eso me permitía ver pacientes y estar en la universidad. De ahí, me fui al Dupont Merck, como director médico para investigaciones.

Cuéntenos del Rituxan, el primer anticuerpo para el tratamiento del cáncer. ¿Cómo fue su desarrollo?

—Llegué a IDEC Pharmaceuticals a fines del 92, y en las entrevistas ya me habían dicho que estaba en desarrollo desde el 91 esta medicina, con otro nombre, que tenía anticuerpos y pensaban que podía ser útil en pacientes con linfoma. Pero había otras prioridades más adelantadas a las que me dediqué inicialmente. Como al mes (de haber llegado), en diciembre del 92, me dijeron que estaban listos para que esta medicina fuera a la clínica y lo hice.

Mis compañeros y colegas tienen todo el crédito del desarrollo (de esta medicina) en el laboratorio. El doctor Nabil Hanna, que era “senior vp” de “preclinical development”, lo llevó hasta cierto punto y de ahí en adelante lo cogí yo. Trabajamos bien juntos. Participé al final del desarrollo en el laboratorio. Por eso mi nombre aparece en algunos de los estudios. Luego (del laboratorio), hay que someterle al FDA una papelería de Investigational New Drug. Participé activamente en ese documento. Teníamos que hacer un mapa de cómo íbamos a desarrollar en pacientes esa medicina. Ver cuál era la seguridad y los peligros (posibles).

Lo primero queme dije fue, para que tenga valor al paciente, por lo menos 35% de los pacientes tienen que tener una respuesta positiva. Si no, no vale la pena y pensamos en otra cosa. Luego, era como conseguir el valor óptimo para el paciente y la contestación fue relativamente sencilla. Me dije, pues hay que curar el linfoma. ¿Como íbamos a lograrlo? Pues, existe una combinación de quimioterapia que es la única que cura a algunos pacientes. Se llama CHOP. En linfoma no-Hodgkin cura más del 40%. Dije, pues tenemos que usar algo mejor que eso y el primer paso tiene que ser añadir al CHOP para ver si tenemos un sinergismo, que ese 40 a 45% se convierta en algo más alto. Eso ocurrió y hoy se curan el 85-90% (de los casos).

Hay otros (tipos de cáncer) donde también se usa Rituxan, pero las tasas de curación son más bajas. Por ejemplo, en linfomas indolentes el porciento de cura es pequeño, pero hay mucha remisión, que son de valor al paciente.

La comunidad médica en Puerto Rico ha llevado reclamos durante años por la paridad de Medicare, entre otros asuntos. ¿Qué factores entiende ayudarían a evitar o controlar la fuga de profesionales de la salud?

—Hay muchos factores que no tienen que ver con la profesión. Ustedes en Puerto Rico viven tiempos relativamente difíciles, comparado con los anteriores. Los términos profesionales fue lo que me llevó a mí a salir de Puerto Rico. Fue el deseo de hacer investigaciones. Me fui en el 80. En ese momento, era difícil hacer investigación clínica en Puerto Rico. Entiendo que eso ha cambiado también.

¿Por qué el cáncer sigue siendo número uno en causa de muerte aquí y en otras partes del mundo? ¿Qué rol juegan la alimentación, la actividad física, el estrés y otros factores? ¿Cuál sería su receta?

—Dicen que todo esto (dietas y estilos de vida) tiene un factor mínimo (en el riesgo de cáncer), excepto el cigarrillo y el alcohol, aunque alcohol con moderación puede ser beneficioso a la salud, como los vinos tintos. Todo es moderación. Es cuestión de cantidad y calorías. Sí, es importante para la salud general una dieta variada, pero las grasas también son importantes porque el cerebro tiene un porciento alto de colesterol. La deficiencia de proteínas es mala porque lleva a enfermedades.

¿Qué consejo les daría a estudiantes de medicina o profesores que inician su carrera en esta rama?

—Muchos tienen un deseo de ayudar al prójimo. Esta es una carrera donde van a lograr eso. Es una recompensa profesional inmediata, pero también es una responsabilidad porque los pacientes dependen mucho del médico, no solo en la medicina, sino como ser humano. La relación médico-paciente ayuda, si es una relación saludable donde hay empatía.

Hoy día, veo médicos que se han convertido en robots, que ven más la computadora que los ojos del paciente. Los pacientes se quejan mucho de eso, pero los seguros los obligan, es parte del sistema. Hay muchas enfermedades que la parte sicológica tiene un efecto grande, como las úlceras gastrointestinales. Los pacientes que mejor salen son los que tienen una actitud positiva. Es cuestión de empatía y conservar la dignidad del paciente. En mi oficina, no entró nadie a quien no saludara y le diera la mano.

¿Qué opina de todo lo que está pasando en Puerto Rico (política, economía, social)? ¿Qué aspira para Puerto Rico?

—En términos de la salud, tenemos un magnífico instrumento en la Escuela de Medicina (del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico). Tantos egresados han hecho tantas cosas grandes. Hay mucho conocimiento internacional producto de la Escuela de Medicina, de la experiencia y la enseñanza. El gobierno tiene que prestarle más atención a la Escuela y darle más fondos. También promocionar la investigación. Es darle servicio al paciente.



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